Paulino Rivero en el muelle de La Gomera

Paulino Rivero de visita en el Banco de Alimentos de Las Palmas

Dos fotografías, engloban a la perfección el mandato de Rivero durante estos dos años que hoy somete a revisión parlamentaria en el debate del estado de la Cosa Calamitosa. La primera foto es aquella instantánea terrible del presidente en mangas de camisa (una camisa impoluta y perfectamente planchada) parapetado tras una mascarilla en el muelle de La Gomera, observando a prudencial distancia a uno de los inmigrantes heridos que llegaron en un cayuco con cuatro cadáveres a bordo.


Fue una foto del principio de su mandato, y es la que refleja al verdadero Rivero, al hombre cubierto de miedos y complejos ante lo que no entiende o no conoce. Un hombre acobardado ante la negritud hambrienta y al tiempo arrogante y seguro en su distancia. Aquella foto dio la vuelta al mundo, pero no ilustrando grandes titulares sobre el drama de los miles que han muerto en el camino, sino a través de blogs y páginas de Internet, mostrando el rechazo de Rivero y sus políticas a lo que consideraba entonces –y aún insiste- el principal problema que debe enfrentar su ‘gobierno de las personas’: el de todas las otras personas que no portan en sus venas el rh canariense, las que en el imaginario paulino consumen nuestros recursos, colapsan nuestra sanidad, contagian la canariedad de no se sabe qué palúdicas ideas y convierten nuestras cifras de paro en la vergüenza de Europa.

Esa es la foto que define los mecanismos mentales con los que esta Presidencia entiende lo de fuera, lo ajeno, la forma en que el paulinato se enfrenta al drama de los menores inmigrantes, el espíritu que inspira su errática política de favorecimiento de lo racial canario, la base de sus preocupaciones sobre la residencia, la ruralidad mítica, el ‘un solo pueblo’ y los coros y danzas.

Y luego está la segunda foto, reciente y cercana, casi de ayer mismo, y con más escasa proyección. Es la foto de Rivero haciendo turismo social en el Banco de Alimentos de Las Palmas, sosteniendo a pecho lata el monumental patinazo de su iniciativa para que el Gobierno distribuya comida próxima a caducar entre los canarios más necesitados, convertida por la tozudez de la realidad en mera mediación publicitaria. En esta foto se le ve igualmente distante y seguro. Está a la izquierda de la imagen, empacado en su traje a medida, con el brazo en la espalda de una joven voluntaria del Banco de Alimentos que le ofrece una bandeja repleta de sandwichs. Uno supone que serán sandwinchs hechos por la propia voluntaria o sus colegas, con rebanadas de un pan cerca de vencimiento, mayonesa próxima a caducar y una apetitosa rodaja de algo aún perfectamente comestible dentro. Rivero ni siquiera mira la simbólica bandeja, que ocupa justo el centro de la foto. La bandeja le da igual. Rivero tiene la mirada displicente y torcida, enfocando la lejana visión del reconocimiento de la gente, y de ese aplauso que no llega después de dos años, sin que él consiga entender por qué.