En la barra del bar del Hotel Mencey estaba Leopoldo Cólogan, presidente de ASAGA, pidiendo unos güisquises para unos colegas de la federación de agricultores que venían de celebrar en grupo la integración comunitaria. Era la tarde noche del lunes 17 de mayo, y Cólogan podía estar más que satisfecho: después de casi seis años de batalla, el objetivo que se había marcado al hacerse cargo de ASAGA se había cumplido precisamente unas horas antes, cuando el Comité de Representantes Permanentes de la Comisión Europea, reunido en Bruselas, había acordado la plena integración de Canarias en la Comunidad. Cólogan, quizá por primera vez en años con una copas de más, festejaba el momento más esperado: «Esto ha salido cojonudo», le decía a un amigo. Y añadía: «Para bordarlo sólo faltaría que el PSOE y las AIC se pusieran de acuerdo de una vez».


El PSOE y las AIC: en la mente de un importantísimo sector del empresariado tinerfeño, y fundamentalmente de la patronal agraria, ese era el único acuerdo de Gobierno lógico. En los últimos años, y bajo la presión de una Administración central decidida a uniformizar, las tesis comunitarias del PSOE canario se habían modificado hasta confundirse plenamente con las de AIC, partidaria de la plena integración de Canarias en Europa y de la defensa de los intereses agrarios de Tenerife y La Palma. Durante ese proceso, que había durado casi cuatro años, el pragmático Cólogan había acabado por trabar una relación profunda y estable con la mayoría de los negociadores comunitarios de la Administración española. A través de ellos, su acercamiento al PSOE canario se había convertido en algo natural. Y el PSOE, consciente del papel desarrollado por los agricultores tinerfeños en las batallas del agua y en las guerras comunitarias durante la conflictiva presidencia saavedrina, se había dejado querer, e incluso había sacado algún partido de ello. En las elecciones generales de 1989, Cólogan había apostado moderadamente por el PSOE, y de entre las gentes del PSOE, por la candidatura al senado de José Segura Clavell, responsable del área de estudios del PSOE y uno de los artífices del cambio de posición comunitaria del PSOE. Cientos de agricultores de las pequeñas y grandes cooperativas de Tenerife habían visto con sorpresa cómo días antes de las elecciones generales, los burócratas de las cooperativas les entregaban la papeleta de José Segura, con su puño y su rosa, y algunos pensaron que algo raro debía estar ocurriendo con los «de Santa Cruz» para que se pidiera el voto a la izquierda.

Sin embargo, ese apoyo casi personal a Segura Clavell, que Segura había sabido compensar desde el Senado asumiendo un discreto papel como portador de recados de los agricultores a Madrid y viceversa, no se había reproducido en las elecciones regionales y locales. Una cosa es pedir el voto para Segura, y otra muy distinta pedirlo contra Manuel Hermoso. Tras los resultados del 26 de mayo, Cólogan había visto materializarse la peor de sus pesadillas, tras haber estado convencido durante los meses previos a las elecciones de que el acuerdo entre el PSOE y las AIC era ya un hecho.
La pesadilla era ese Gobierno de centroizquierda, integrado por el PSOE, ICAN y el CDS, que los últimos días había anunciado con cierta precipitación el propio Saavedra. Cólogan había expresado su protesta por ese acuerdo y había intentado reunir a áticos y socialistas con escaso éxito. Finalmente, de perdidos al río, había aceptado convertirse en la muleta tinerfeña del PSOE en esa acuerdo: Saavedra, consciente de las dificultades que un pacto de centroizquierda, netamente canarión iba a tener en Tenerife, había ofrecido a ASAGA las Consejería de Agricultura. Durante días habían discutido los agricultores esa posibilidad, e incluso se había barajado el nombre de Pedro Galván, un cualificado empleado de Asaga, hijo del Galván Bello que muchos años atrás, desde la Presidencia del Cabildo de Tenerife, llegó a representar casi paradigmáticamente lo mejor de la burguesía tinerfeña. En Asaga, sin embargo, la posibilidad de que uno de los suyos asumiera directamente una Consejería en un Gobierno de mayoría socialista, se había considerado excesiva. Fue entonces cuando el nombre de José Segura volvió a aparecer en reuniones y comidas, y cuando Cólogan hizo saber su propuesta a Jerónimo Saavedra.

Demasiado ocupado andaba Cólogan celebrando la decisión del COREPER para darse cuenta de que el rumbo de los acontecimientos había variado sustancialmente en los dos o tres días anteriores. Después del viraje del CDS, Saavedra ya no era el candidato más seguro o con más posibilidades de convertirse en presidente. Era sólo uno más de los que andaban en danza. La Consejería de Agricultura para José Segura había dejado de ser la magnífica posibilidad ofrecida por los agricultores a su mejor hombre en el PSOE, para que su sucesión al frente de la alcaldía de La Laguna por Luis Balbuena no resultara la indigna consecuencia de un capricho de Pedro González, sino una necesidad de Gobierno.

Demasiado pendiente de la última decisión comunitaria, pues, Leopoldo Cólogan, para percibir que sólo a unos metros de su güisqui con hielo y agua sin gas, el viraje a un Gobierno de centroderecha estaba ya materializándose.

La reunión del PP, las AIC y el CDS había comenzado a las ocho y poco de la tarde en la habitación 107 del Hotel Mencey, alquilada por Martín Paredes para que los negociadores de las AIC y el CDS pudieran reunirse con cierta privacidad con el senador Macías, Bravo de Laguna y Fernando Fernández, los enviados del PP. Por parte del CDS habían acudido Jesús Morales y Eugenio Cabrera. Julio Bonis no había aparecido, representando nuevamente su papel de castigado por haber hecho demasiadas migas con el PSOE. Las AIC habían enviado a Adán Martín, al propio Paredes, A Antonio Castro y a Gregorio Guadalupe… Paco Ucelay se había negado a asistir al encuentro, para evitar tropezarse con Fernando Fernández. Un par de días antes había tenido con él un incidente telefónico. Tras la primera reunión mantenida por las AIC con el PP, la tarde del día 13, le había llamado para hablar de las posibilidades de un acuerdo de centroderecha y para convocarle a la reunión del lunes. Al terminar la conversación, le exigió absoluta confidencialidad sobre lo tratado: «De esto ni una palabra a nadie. No conviene que los de ICAN sepan que mantenemos las conversaciones paralelamente», le dijo.
Y Fernández: «Yo no mantengo secretos. Si quieren negociar conmigo tiene que ser con luz y taquígrafos. Y además, quiero que sepas que he grabado esta conversación.». Ucelay le colgó el teléfono.

Era cierto que Fernández había grabado la conversación: se la pasó personalmente en un casete de mano a algún periodista, muerto de risa. Ucelay se enteró por el propio periodista del asunto y explicó en ATI que él no volvería a sentarse nunca en una mesa con Fernando Fernández. Y lo cumplió, al menos durante las negociaciones.

En la habitación 107, se avanzó a una impresionante velocidad, cerrando la mayoría de los asuntos que habían quedado pendientes el día 13. Se tenía que acordar definitivamente el reparto del Gobierno, con tres consejerías para el PP, más la vicepresidencia del parlamento, para el palmero José Luis González, una única consejería para el CDS, más la presidencia del Gobierno, y el resto para las AIC, que tendrían que repartir con los majoreros si fuera necesario. Y en esos momentos todos los reunidos ya sabían que iba a ser necesario: los majoreros Herrera y Domingo de León esperaban pacientemente en la barra del bar del Mencey a que la reunión terminara, para que Eugenio Cabrera o Paredes les informaran de lo ocurrido en el encuentro. También esperaba, en otra habitación del hotel, y oculto a la mirada de los periodistas, el alcalde de Santa Cruz. Se había refugiado en el dormitorio de Martín Paredes a leer los periódicos y seguir «de cerca» los acontecimientos. En realidad, había acudido al Mencey para participar en el encuentro, en el que también se esperaba a Olarte. Cuando se supo que Olarte no iba a acudir a la cita, Hermoso consideró conveniente no aparecer tampoco. Espero en la suite de Martín Paredes un par de horas, hasta estar seguro de que las cosas marchaban correctamente. Luego se fue discretamente a su casa.

Mientras, en la reunión, el debate se alargaba más de lo esperado y tuvieron que encargar sucesivas tandas de sandwichs. Un camarero del servicio de habitaciones llevó a la 107 hasta veinticuatro bocadillos para matar el hambre de los contertulios. Cuando pasó la cuenta, la factura era de 24.995 pesetas. Adán Martín protestó, pero acabó firmando la nota: «Cuando esto (se refería al Hotel Mencey) era del Cabildo, no se robaba tanto», comentó. Entre bocata y bocata, se habló del asunto de La Laguna, y los del PP plantearon la posibilidad de una renegociación: esa renegociación exigiría de las AIC y del CDS un compromiso escrito de apoyar la investidura de José María Aznar en 1993. Ese compromiso, que se incluiría como anexo no oficial al pacto, y que majoreros y herreños no tendrían que firmar, había sido la clave para despejar la principal incógnita de los negociadores de AIC y el CDS. Durante los primeros días de acercamiento al PP, áticos y centristas habían mantenido serias reservas sobre la lealtad de Fernández en las negociaciones, hasta que comenzaron a recibir mensajes por distintas vías (Otero Novas, Martín Villa, el propio Álvarez Cascos), sobre la seriedad de las intenciones populares al cerrar un acuerdo de centroderecha. Génova había diseñado todo un proceso negociador en las Comunidades Autónomas, que pasaba por apoyar gobiernos de centroderecha con el compromiso de que los socios de esos Gobiernos apoyaran a Aznar en su posible investidura en 1993. Así se estaba
haciendo en Navarra, y en Valencia, y en otros lugares, y así se tenía que hacer en Canarias. Por eso se había modificado la actitud de Fernando Fernández y se habían acelerado las conversaciones.

Con la garantía de Madrid… ¿Quien podía temer a Fernando Fernández? Una nueva pirueta lo habría dejado definitivamente fuera del juego. El Fernández que ahora negociaba con ellos era un hombre de partido, decidido a cerrar el acuerdo que sus jefes madrileños le habían pedido que cerrara. Un Fernández que había logrado convertirse en mano derecha de Alvarez Cascos y que -se decía en ambientes del PP- aspiraba a abandonar la política canaria y hacer carrera en Las Cortes tras las legislativas.

Con o sin la moderación de Fernández, el reparto del pastel gubernamental había llegado a un punto crítico: Eugenio Cabrera se resistía a aceptar una solitaria Consejería de Trabajo para el CDS. No tenía instrucciones al respecto, decía. Y era verdad: Olarte no le había explicado que la cuota de poder asignada al CDS se limitaba a la Presidencia y Trabajo. Hermoso se había comprometido con Olarte a colocar en los departamentos que el reparto adjudicara a las AIC a todas las personas que Olarte quisiera salvar de la quema centrista. La necesidad de compensar a los suyos era una de las cuestiones que Olarte había defendido con mayor ahínco en las regulares conversaciones que mantenía con Hermoso: «Mi gente está muy inquieta y necesito vuestro apoyo para evitar más tensiones». Los de AIC le habían garantizado ser generosos.

Aún así, Eugenio Cabrera abandonó la reunión cariacontecido y preocupado. Su rostro serio y cansado era la representación gráfica de lo que estaba a punto de comenzar a ocurrir en el CDS.
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