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El griterío de los corderos: con María Eugenia Márquez como Clarisse Starling, José Miguel Bravo de Laguna como Jefe Crawford, José Manuel Soria como Hannibal Lecter y Nacho González como el muerto (y destripado).

La tercera novela de Thomas Harris protagonizada por el caníbal Lecter -‘Hannibal’ es el título- está a punto de aparecer en España tras haber arrasado las listas de ‘best seller’ en los USA durante este pasado verano. Se espera que ‘Hannibal’ sea llevada inmediatamente al cine y nuevamente interpretada por sir Anthony Hopkins, que se estrenó genialmente en el papel con ‘El Silencio de los corderos’, metiéndose a público y crítica en el bolsillo. En el ‘Silencio…’, Hopkins mantiene una magnética relación con Clarise, una agente del FBI que es quien finalmente descubre al malo -un ‘serial killer’ de lo más cutre y casposo, nada que ver con el culto y sofisticado Lecter- y lo apiola.

En uno de los momentos más intensos del filme, Clarise explica cómo decidió hacerse policía: cuando era una pobre niña huérfana vivió en casa de unos granjeros, y por las noches escuchaba el silencio de los corderitos inocentes, en capilla para el matadero.

La metáfora es burda: si los corderos aguardan la escabechina en silencio, pobes angelitos inocentes, de tal se deriva que ‘los Ignacios’ y su tropa, con el ruido que han organizado antes de ser sometidos a público degüello, no son precisamente inocentes. Más bien lo contrario. Y es que el desarrollo de los Congresos del PP es lo más parecido que uno puede imaginar a un almuerzo caníbal. Sólo que en barato. Porque el sarao que nos están ofreciendo Soria, Bravo y ‘los Ignacios’ no se parece demasiado a uno de esos jolgorios antropófagos y golfos a la que -al decir de Marvin Harris y otros antropólogos dedicados a teorizar sobre la ‘nueva cocina’- se entregaban las tribus bárbaras de la Polinesia y el continente negro en los tiempos arcanos. Lo del PP es más bien un remedo tristón y miserable de aquella suerte de ágape desgraciado al que se entregaron los supervivientes del accidente del DC-10 de Aerolíneas Chilenas sobre la cordillera de los Andes.

Porque en el Partido Popular, cuando se trata de comerse las entrañas ajenas, siempre empiezan por los difuntos. Será porque la derecha es heredera del señoritismo y por tanto vaga de natural. Comiéndose a sus propios muertos, se ahorran el trabajo de tener que matarles primero.

Vervigracia: la renuncia de Ignacio hijo y su anuncio de que abandona el PP. El pobre hombre se va tarde, literalmente masticado por la dirección nacional de Génova y digerido sin dificultad por el Congreso. Su adiós es sólo un capítulo más de la saga de merendolas antropófagas inaugurada en la delegación regional del PP en canarias con la deglución pública del correoso Felipe Baeza, presidente del PP grancanario. Poca carne pegada a los huesos, pero eso no fue óbice para que hicieran con él una humeante parrillada. A Baeza le siguió rápidamente Ángel Guimerá, presidente del PP tinerfeño, hace ahora pocos años. Fue el asturiano Álvarez Cascos quien dio cuenta de Guimerá y Gil, cuando este aún era -en los ratos libres- cuasi portavoz parlamentario del PP en Canarias. Un banquete delicioso, en el que no hizo ni siquiera falta aportar los caldos, porque el portavoz deglutido los llevaba ya incorporados.

Después de Guimerá, empezó la yenka: Alfonso Soriano pasó a mejor vida casi sin que nadie se hubiera dado cuenta de que era el que (no) mandaba. Y fueron Ignacio González (Don) y sus ‘vultesos’ los que compraron a precio de saldo un partido en bacarrota. La historia es conocida desde entonces: Ignacio González (Don) colocó a Ignacio González (hijo) en el Gobierno y allí duró exactamente el tiempo que duró su padre al frente del partido. Cuando Don cambió el despacho de la calle La Marina por el de la Cámara de Comercio, Bravo se merendó a Nacho, usó a Lorenzo Suárez de mondadientes y el asunto acabó en 3P -‘paseo de parados en pijamas’- a las puertas del Parlamento. Parece que la ‘pijamada’ fue cosa de los chicos de ‘Aparte’, una asociación de desempleados tinerfeños ‘propiedad’ del clan. La pelea entre Bravo y los Ignacios duró justó lo que el místico Paco de la Barreda aguantó en el Gobierno. Luego vino el ‘Caso Bango’ y todos volvieron a reunirse en la misma mesa. El banquete lo ofreció el palmero De la Barreda, con él mismo de primer plato. Y así, de antropofagia en antropofagia y tiro porque me toca, llegamos a la dimisión de Bravo y de la dimisión de Bravo a ayer mismo: el penúltimo masticado, un sufriente Nacho que anuncia que deja el PP y se pasa -dice con boca chica- a algún partido que sea «menos de derechas» y que «no dependa de Madrid». Jo. Y el masticador, Manolo Soria, alcalde plenipotenciario de Las Palmas y mandamás ‘pepero’, gordo y lustroso, pero con previsibles problemas futuros de flatulencia.

Preguntas: ¿Se irá Nacho al PNC, a montar una tertulia literaria con el profesor García, como le recomienda alguno de sus amigos? ¿Se irá al GIL o al CDS con Mario Conde para pasarle factura al PP? ¿Pagará la factura su Don como hace siempre?

Respuesta: por mí que hagan lo que quieran. Pero por favor, no metan tanto ruido.
[03 10 99]