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Unos pocos días antes se habían reunido los alcaldes de los municipios del valle -ahora todos del mismo color político- para recurrir por enésima vez al relanzamiento de la Mancomunidad del Valle de La Orotava, una institución creada en los años sesenta del pasado siglo con la idea de afrontar de forma conjunta los problemas comunes, los desequilibrios sociales y económicos que entonces iban surgiendo y, sobre todo, la prestación de los servicios. Surgió también al calor de cierta coyuntura política de la época pero, en el fondo, la iniciativa brotaba con ganas de resolver problemas (salvamento, prevención de incendios, asistencia sanitaria…) cuya dimensión, con el paso del tiempo, sería bien distinta.


Eso: unos pocos días antes de que se repitiera la historia, casi con exactitud de almanaque, aquella historia que quedó reflejada en las páginas de un pasado número de la revista Tangentes, cuando corrieron los barrancos en noviembre de 1968, un aluvión extraordinario que, en el norte de la isla, se cobró una víctima mortal y causó daños muy cuantiosos, los alcaldes de La Orotava, Puerto de la Cruz, Los Realejos y Santa Úrsula se plantearon cómo reanimar una entidad que, desde su nacimiento, chocó con una evidente falta de cultura en cuanto a funcionamiento administrativo común o compartido se refiere, derivada -seguro- de las diferencias y de los recelos pueblerinos, de una falta de solidaridad que, precisamente, pretendía ser corregida produciendo un acercamiento desde la interactividad que fuera capaz de promover la institución que subsistió, por cierto, contra viento y marea, pese a la salida voluntaria protagonizada por Los Realejos en los años ochenta.
Llegó el aluvión y de nuevo cuantiosos daños materiales. Pudo haber sido peor, desde luego, tan sólo con que hubiera llovido un par de horas más. Las imágenes, las de medios de comunicación y las que circularon por la red, sirvieron para medir que, en cualquier caso, estábamos ante un hecho merecedor de análisis, de respuestas inmediatas y de planificación por parte de las administraciones implicadas. Merecedor también de una sensibilidad ciudadana, de un comportamiento responsable que contribuya a superar los inconvenientes de un fenómeno meteorológico adverso.
Ya tienen materia en la Mancomunidad del Valle para trabajar en cualquiera de estas coordenadas. Es absolutamente estéril entretenerse en debates sobre si funcionó mejor o peor alguna tecnología que, en todo caso, sirve para prevenir. Es más importante contrastar qué trazado tienen nuevas vías, nuevas carreteras o caminos que se superponen en el cauce de los barrancos que han sido salvados por medio de conducciones que, pese a su gran diámetro y apuntalamientos cimentados, se han vuelto a ver desbordados. Hay que insistir, otro ejemplo, en lo arriesgado que resulta construir en el mismo margen de este accidente orográfico, por muy sólida que parezca la protección material que se disponga pues, a fin de cuentas, resta espacio. ¡Ay, las canalizaciones pendientes!
Eso y la necesidad de contar con planes y protocolos de modo que cuando la tormenta -o lo que sea- sorprenda, sepa cada cual qué hacer, cuál es su papel. Las emergencias, aunque suene a teoría, deben estar escritas, primero que nada, en el papel. Y luego, dedicar siempre algo, un capítulo, un apartado a esta asignatura en organigramas y presupuestos. Para pasar a la práctica: hacer ejercicios y ensayos, involucrar a la población -las decadentes asociaciones vecinales servirían para ello- y coordinar a policías, cuerpos de seguridad y de salvamento o protección civil son hechos que hay que afrontar, aunque de nuevo la falta de cultura en esas materias produzca -esperemos que sólo al principio- risas e indiferencias. Esta es (sería) la sociedad de siglo XXI.
Así que, después del primer impacto y de los primeros anuncios de ayuda material para que los damnificados vean aliviada su situación, después de las prisas para apuntarse tantos -¿a cuenta de qué, si esa es una obligación elemental de los poderes públicos?-, después de las primeras evaluaciones, se impone trabajar en las direcciones apuntadas y en cualesquiera otras relacionadas con adversidades y emergencias. Recordemos que, según se ha demostrado científicamente, Canarias es zona situada ya en el marco de las consecuencias del cambio climático. No basta con hacer cálculos, es decir, invertimos aquí o esto cuesta tanto. Si en equis años se producen equis daños, igual se habrá amortizado o rentabilizado tal actuación. En otras palabras, habrá valido la pena. No, no basta: se requiere, tal están las cosas, un sentido más riguroso de las previsiones, tanto en infraestructuras como en dotaciones humanas y materiales.
En la Mancomunidad del Valle de La Orotava tienen una oportunidad para acreditar que esa voluntad política no es fruto de un par de titulares periodísticos. Se precisa algo más: una acción sostenible que distinga a la sociedad y a sus representantes públicos. Que todo no va a ser clientelismo, fútbol, parranda y carnavales.