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Cándido Reguera, del Partido Popular, Emilia Perdomo del PIL e Isabel Martinón del PNL, tras presentar la moción de censura.
Es difícil, por no decir imposible, encontrar en las coordenadas políticas un caso similar al de Lanzarote. No son ya la complejidad, el amasijo de siglas, el inefable juego de todos contra todos y hoy por ti mañana por mí, todas las posibilidades posibles de alianzas, odios y venganzas… todo eso que hace ininteligible la política en la isla conejera, donde hace muchos años que inoculó el virus de la corrupción que ha penetrado tanto tanto, que ha dejado el organismo político-institucional completamente exhausto, para el arrastre, si permiten la expresión.


Es tal la sordidez que ni siquiera el concepto de ambición política, esa lucha por hacerse con parcelas de poder, tiene encaje.
El último episodio de la insólita política lanzaroteña es la moción de censura presentada en el Ayuntamiento de Arrecife. Registrada, por cierto, como si de una auténtica burla se tratara, en el denominado Día Internacional contra la Corrupción. Si quienes la perpetran no lo sabían, se han cubierto de gloria. Y si conocían que esa era la fecha conmemorativa pues… Dios les conserve ese ojo clínico.
No es para extrañarse ni para escandalizarse, desde luego, por esta penúltima censura -siempre hay que dejar la puerta abierta para alguna más de aquí al final del mandato- en el panorama municipalista y cabildicio canario. Pero cuando se sabe que entre los censurantes -contra un alcalde socialista, faltaría más- hay dos ediles que hace unos meses estaban en prisión como consecuencia de una operación contra la corrupción urbanística, entonces ya, agotada que creíamos la capacidad de asombro, no se puede por menos que decir hasta aquí hemos llegado. ¡Qué barbaridad!
Se sabía de mociones singulares, inigualables por muy distintas circunstancias, se sabía de iniciativas legítimas tramadas y ejecutadas hasta con tránsfugas, se sabe que, debajo de estas acciones, hay casi siempre un poso de personalismos, de ambiciones inconfesables y de intereses espurios, pero asistir a una moción de censura en la que dos imputados por corrupción puedan firmarla y votarla desborda ya cualquier planteamiento de sensatez y lógica política.
Pero ¿no andaba el Partido Popular con un código ético en el que, supuestamente, se consignan preceptos contra este tipo de prácticas? O sea, participar en alguna decisión trascendental en el ejercicio del cargo público -como cambiar el color de un gobierno local, por ejemplo- con representantes de la voluntad popular sobre los que cae la sombra de la sospecha o que acumulan indicios de responsabilidad. ¡Ah!, no, ya, perdón: la presunción de inocencia hasta el final, hasta que no se demuestre lo contrario… Vaya favor que le hacen.
Es que será el Partido Popular el beneficiario, el que se calzará la alcaldía a un año y medio del final del presente mandato. ¿Dónde están los campeones de la regeneración? Se demuestra que conocen bien la ley del embudo…
Lancelot, donde los surrealistas jamás imaginaron un paisaje tan desolador desde el punto de vista político, donde los ciudadanos, los electores tienen que estar verdaderamente hartos de este desastre, de tantas convulsiones, de una política enferma, de esta lucha de todos contra todos, donde todo vale, donde todo se compra y se vende…
Si la política canaria lleva tiempo aquejada de males difícilmente reversibles, en Lanzarote encontramos el más claro exponente de una descomposición atroz. ¿Más difícil todavía? Después de esta censura, parece imposible.