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He dudado varios días en escribir a propósito del artículo publicado por el profesor Juan Manuel García Ramos en DIARIO DE AVISOS hace ahora una semana. García Ramos dedicaba su colaboración dominical a responder -no se me ocurre otra palabra- a un artículo de un servidor titulado Más sesera y menos bandera y que versaba sobre el nacionalismo canario. Mis dudas, sobre todo, estaban dictadas por el hartazgo. Verán ustedes: el profesor García Ramos dedicaba casi todo su texto, en efecto, a hablar de mi artículo, poniendo más esfuerzo en arrugar los besos que en articular argumentos, pero sin citarme ni una sola vez. Me aludía como «un columnista» o, en su momento más creativo, «un enfant terrible del antinacionalismo». A mí esta actitud se me antoja pueril, aunque no terriblemente pueril, por más que sea evidente la casposa estratagema: no mencionar al (supuesto) adversario. Dirigirse a alguien con su nombre y apellido supone el mínimo reconocimiento. Tengo cuarenta y cinco años y llevo más de veinte escribiendo en la prensa local. Conozco al profesor García Ramos hace ya bastantes años y ambos colaboramos en el mismo periódico que generosamente nos brinda sus páginas, así que no parece que lo suyo sea un despiste.


Francamente, profesor, jamás he comprendido determinadas levitaciones olímpicas que caracterizan su posiciones intelectuales. Es usted un magnífico profesor universitario, un crítico literario inteligente y perspicaz y uno de nuestros mejores ensayistas. Leo con cierta avidez sus trabajos -con especial atención su afán teorizador sobre un imaginario atlántico y la contribución de Canarias a esa suerte de vasos comunicantes entre tres orillas- y procuro aprender de los mismos. Pero estas valiosas credenciales no suponen un aval irrestricto a su capacidad de análisis historiográfico, sociológico o económico, ni apuntalan la certeza catecuménica de sus convicciones ideológicas, ni le dotan de una particular lucidez política o habilidad partidista.
Los dos puntos básicos sobre los que se detiene el profesor García Ramos en su artículo son la condición colonial de Canarias y la misma filosofía política del nacionalismo. García Ramos parece reaccionar con el escándalo que merece un anatema frente a la afirmación según la cual Canarias no se configuró económicamente como una colonia del Reino de Castilla. Ironiza sobre la voluntad de ONG que llevó a los Reyes Católicos a interesarse por el Archipiélago y a continuación, como una prueba fulminante, cita unas líneas (perfectamente irrelevantes al caso) del historiador Antonio Macías sobre la asignación de aguas y tierras a los colonos. La principal característica definitoria de una colonia no es, en absoluto, el reparto de tierras y aguas, sino la dirección del flujo económico de los beneficios que generen las actividades productivas: de las periferias hacia el centro político, económico y administrativo. Y ese no fue el caso de Canarias, como han demostrado, a través de una concienzuda investigación empírica y estadística, el profesor Macías y su emergente escuela. La iniciativa del interés por Canarias partió del capital mercantil genovés a finales del siglo XII, inicialmente interesado por la probable existencia de oro en el Norte de África. Castellanos y portugueses mantuvieron este interés y litigaron por el Archipiélago desde principios del siglo XV: una lucha signada por el interés de disponer de plazas y territorios que proporcionarían bienes y servicios a los buques que trataban de acceder a las fuentes de oro africano en la creación de un hinterland atlántico, que cobró especial interés y fuerza con el descubrimiento y colonización de América. En Canarias se construyó así una economía de producción (caña de azúcar y después vinos) y una economía de servicios portuarios (industria naval, aprovisionamiento de buques) con una amplísima participación de capitales de terceros países (básicamente genoveses y flamencos) y cambios y olvidos deliberados de los marcos legales (desde la circulación de moneda hasta monopolios comerciales) que dieron lugar aquí, en estas islas, a un espíritu de capitalismo emergente absolutamente distintivo respecto a los territorios insulares y los territorios americanos. Los dos subsistemas económicos (actividad agroexportadora y actividades portuarias) se mostraron muy dinámicas, interactuaban intensamente y estaban ligadas al creciente tráfico marítimo internacional, aunque el contrabando también jugó un papel relevante en la economía insular. Canarias tuvo un sistema económico próspero desde el primer tercio del siglo XVI: hacia 1520 la masa circulante de monedas de oro y plata exigió la importación de reales de vellón. Las balanzas comercial y de servicios aportaron un elevado saldo a la balanza de pagos, y tal y como explica el doctor Antonio Macías, «este saldo pagó la deuda externa que financió la colonización y potenció el crecimiento de la actividad productiva y el mecenazgo de la élite».
Una Canarias donde se aplicaron nada, poco o restrictivamente normativas jurídicas de orden económico, con una economía atlántica ligada al tráfico marítimo internacional de fuerte base monetaria y alimentada de capitales europeos, con una balanza de pagos de saldo positivo y que muy pronto gozó de unas libertades comerciales excepcionales en el orbe hispánico es una Canarias más rica y compleja que la caricaturesca reducción que la sueña como una colonia saqueada por los castellanos. Por cierto: castellanos, andaluces, extremeños, portugueses, genoveses o catalanes que no regresaban a sus capitales o a la Corte para allí explotar sus ingenios azucareros o sus vides a través de capataces, sino que se quedaban aquí y desde aquí defendían sus derechos, sus estrategias de desarrollo y, eventualmente, sus ardides para no pagar a la Hacienda real, lo que compensaban, de tarde en tarde, con bien calculadas donaciones extraordinarias. Esta dinámica económica (y al cabo política) es la que terminó configurando el pacto entre las élites del poder en Canarias con la Corona española: libertades económicas y comerciales a cambio de lealtad política e institucional, sobre la base, principalmente, del valor geoestratégico del Archipiélago en las rutas del Atlántico.
Nada de esto -que el propio García Ramos expone parcialmente en un reciente libro, pero sin asumir ninguna interpretación historiográfica ni extraer consecuencias- excluye la rapiña, la avidez o la crueldad demostrada por el poder político castellano en la apropiación de Canarias como un territorio de la Corona ejercida, sobre todo, sobre la población indígena del Archipiélago. La reclamación que reza «nos quitaron nuestro país» es una de las características ucronías bobaliconas del nacionalismo, porque al cabo de cinco siglos, cinco, y con todas las aportaciones poblacionales y culturales que han fraguado nuestra identidad mestiza, somos, para lo mejor y lo peor, descendientes de todos los que han hecho y deshecho a Canarias durante quinientos años. Lo contrario es como elegir ser descendientes exclusivos de uno de tus abuelos: el más simpático, el más guapo o el que te compra siempre chupetes. De los otros tres, ni hablar. Pues bien: sobre una elección de similar rigor científico e idéntica probidad moral pretenden hablar los nacionalistas cuando se convierten en portavoces funerarios de las víctimas de hace siglos.Sobre la filosofía política del nacionalismo
El profesor Juan Manuel García Ramos se refiere a que he maltratado su libro Intrahistoria del nacionalismo canario. Lamento que lo entienda así. Yo, a los libros, nunca los he considerado damiselas sobre las que puedan practicarse abusos cuando sus padres no están mirando. Lo que el profesor García Ramos llama maltrato, en fin, yo lo considero crítica, sobre todo, crítica de un material intelectual, no siempre material de derribo, para impulsar el debate. Pero el nacionalismo está congénitamente impedido para el debate fuera de sus propios límites.
En los últimos años, en el espacio público isleño, se reclama con cierta frecuencia que las fuerzas nacionalistas canarias hablen entre ellas y aproximen posiciones bajo la urgente necesidad de unidad política (y electoral). Quizás a los nacionalistas les convendría, con alguna perentoridad, dirigirse antes a la propia sociedad canaria, y no encastillarse en grandes tópicos, discursos raídos, pequeñas mitologías y conciliábulos mercachifles. García Ramos ensaya esta definición de nacionalismo en el libro citado: «El nacionalismo es un proceso imparable de maduración ideológica y de asunción de responsabilidades por parte de un pueblo». ¿Es un proceso? ¿Cuándo comienza y cuándo termina? ¿Qué fuerzas preternaturales lo convierten en imparable? ¿Quién certifica la correcta maduración ideológica de individuos o colectividades? Un no nacionalista, ¿está condenado a la inmadurez ideológica de por vida? Cuando acaba felizmente el proceso, ¿todos los individuos de una colectividad son nacionalistas? De verdad, ¿es esto mínimamente serio o es un ejercicio tautológico, meramente verbal, cuya utilidad se agota en cumplir con el antojo retórico del autor?