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Es difícil no dejarse llevar por el afecto y la simpatía ante alguien que se enfrenta en solitario a cualquier forma de poder autoritario. Es difícil no sentirse solidario con alguien que arriesga su propia salud, incluso su propia vida, para defender pacíficamente sus criterios y posiciones. Y sobre todo es difícil no sumarse a quienes aplauden el sacrificio y el heroísmo, sean cuales sean sus orígenes o consecuencias.


Por eso, escribir sobre la última puesta en escena de esa mujer valiente y comprometida que es Aminatou Haidar es tan difícil, porque para hacer un diagnóstico honrado de lo que ha ocurrido estos días en el aeropuerto de Lanzarote resulta necesario no dejarse llevar por el afecto, la simpatía y la solidaridad hacia la señora Haidar o hacia esa parte del pueblo saharaui a la que va dirigido su esfuerzo de propaganda.Aminatou Haidar fue expulsada de El Aaiún, la ciudad que Marruecos considera capital de sus provincias del Sur, tras serle retirado arbitrariamente el pasaporte marroquí, que es pasaporte del que debe disponer un súbdito marroquí. Es ese concreto acto, absolutamente ajeno a la voluntad o la intención española, el que origina la situación actual. Quienes aseguran que España no debería haber autorizado el regreso de la señora Haidar, por carecer de pasaporte para entrar en el país, no carecen de razones y argumentos legales -argumentos hay para todos los gustos- pero esas razones quedan invalidadas ante la lógica humanitaria. Haber evitado la entrada de la señora Haidar en España, amparándose en la retirada de su pasaporte marroquí, habría provocado una situación más grave y compleja que la que se ha producido, no sólo desde el punto de vista diplomático, o de la relaciones de España y Marruecos, sino que también habría colocado a la activista polisaria en una situación de mayor peligro de perder su vida.

La decisión de convertir a alguien en apátrida, privándole de sus papeles, es un acto ilegal y perverso, una demostración de que el esfuerzo modernizador de Mohamed VI se estrella en el Sahara ante la existencia de un conflicto sin salida imaginable. Ante la retirada del pasaporte de Haidar, España sólo puede ofrecer el suyo, en base a una predisposición generosa y humanitaria que la propia Haidar, siguiendo con coherencia y sentido del riesgo su propio plan de actuación en este asunto, decidió no aceptar. A partir de eso, al margen de las torpezas de Aena, la falta de ‘flexibilidad’ de los tribunales o los mezquinos discursos partidarios, lo único que España podía hacer era buscar una solución dialogada con Marruecos, poniendo toda su capacidad de presión en el esfuerzo de lograr que Marruecos aceptara repatriar a su súbdita disidente.

Eso es lo que pareció haberse logrado el viernes, hasta que el operativo del regreso de Haidar a su tierra fue cancelado por el control del Aeropuerto de El Aaiún, alegando una increíble razón burocrática. Hubo que abortar el despegue, y fue entonces cuando los portavoces de la activista polisaria acusaron a España y Marruecos de «querer matarla». Es otra vuelta de tuerca en la presentación que Haidar hace de su propio calvario personal como una repetición clonada del sufrimiento de tres décadas del pueblo saharaui. Nadie va a culpar a Haidar por sacar el mayor partido propagandístico a su huelga de hambre. Lucha con las únicas armas de su inteligencia y tesón contra fuerzas más poderosas que ella, y ha logrado ya la atención internacional y la simpatía de millones de personas.

Pero su discurso contra España es inaceptable: España no ha querido nunca matarla. Desde que ella decidió plantarse en Lanzarote, lo que ha hecho el Gobierno de España es lo que hacen los gobiernos de las naciones civilizadas y modernas en casos como éste: intentar preservar la salud e integridad de Haidar por todos los medios posibles, hasta el extremo de poner en riesgo los últimos años de apaciguamiento en las relaciones con Marruecos. Pedir a España que haga más, alegando la responsabilidad del franquismo en la frustrada descolonización del Sahara, es sólo otra forma de hacer ruido sobre la situación del Sahara. Porque España no puede hacer más que lo que está haciendo.