cabecera_garcia_llanos.gif
El periodismo en general, el periodismo canario en particular, se debate entre el perdón y la reflexión tras el lamentable suceso de Arona. Ya saben: muerte de una niña, imputación del novio de su madre, detención de éste, linchamiento mediático, error médico, diagnóstico espantoso, decisión judicial consecuente de puesta en libertad, anuncio de querella, ingreso en centro hospitalario de ese imputado…


Hace bien el periodismo en entonar un ‘mea culpa’. Es un ineluctable acto de contrición. Y hará mejor si aprende bien esta lección, aunque las fuentes le conduzcan a errores y precipitaciones. Sobre todo, salvando el principio constitucional de la presunción de inocencia, convertido por todos estos avatares en principio de culpabilidad.
Algún columnista, en uno de sus mejores artículos, titula que no basta con pedir perdón. Porque el daño ya está hecho. Buscar la foto, lograr el testimonio de alguien, disponer de algún informe… Cuanto peor, mejor. Las ansias de informar -vamos a decir que las nobles y obligadas ansias- se trastornan en un producto horripilante por las consecuencias.
Ha sido -y aún no ha terminado- un suceso histórico. Aquí, tan cerca, más doliente.
Por eso, que siga el debate pero que se aplique bien la experiencia. Se perdió la vida de una niña inocente por causas que nada tienen que ver con un primer informe médico. Pero otras han sufrido un daño difícilmente reparable.
Que pida perdón y se refugie en lo que sea el periodismo para justificar este desaguisado pero que también reflexione porque la sociedad ha quedado desconcertada. Y estos son golpes que merman credibilidad.