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Si hacen un esfuerzo denodado por recordar su pasado más remoto seguro que les viene a la memoria alguna escena en la que ustedes, tiernos infantes aún, contemplaban, inmovilizados por la escasa edad y la sensación de pánico, cómo una señora –tía, abuela, amiga de su madre, da igual-, entrada en años y en carnes, trotaba peligrosamente hacia ustedes con la finalidad de besuquearlo todo y afrentarlo delante de sus amistades y/o desconocidos presentes en el momento de la catástrofe. Lo más desagradable, con todo, no era el momento del besuqueo en sí, sino que la mole trotona emanaba efluvios de la colonia de moda, que por aquellas épocas olía que apestaba –al menos en mi caso- porque todavía no se habían inventado l’eau de cologne ni los parfums y los jabones disponibles eran dos: lux, para las manos, y lagarto, para la ropa.


Esos chicos traumatizados por la escena anteriormente descrita seguro que, de mayores, desarrollaron alguna patología que requiere de tratamiento médico especializado, o han sido víctimas fáciles de las drogas de diseño o las hierbas medicinales o, en el peor de los casos, se han buscado un futuro profesional haciéndonos pagar al resto de la humanidad el desgraciado incidente sufrido en la infancia: son los autores de los ambientadores del hogar.
¿Existe algo más aterrador que subir cinco pisos en el mismo ascensor que un imberbe que se ha echado encima medio bote de aroma de pachulín yo mismo? ¿Nunca se le ha estropeado una cena divertida cuando el camarero retira los platos y los envuelve con sobaquillo for all con total indiferencia?
Si ya de por sí resulta doloroso tropezarse en la calle con un amigo corpulento que apesta a sudor y además va empapado en “rugidos for men” de Grigorio Armani, imagínense la entrada en una casa en cuyas sucesivas habitaciones nos vemos envueltos por un floral instantáneo, manzana verde, caricia de pétalos, frescor despertar, caminando entre flores, frescor higiénico, paseo marino y elegance bouquet –los nombres son verídicos-. Unos dispositivos diabólicos nos arrojan el perfume a nuestro paso, lo que nos convierte en réplicas humanas de cucarachas a las que les acaban de descargar encima medio bote de insecticida; congestionados, corremos hacia el baño con el fin de refrescarnos cuando el niño de la casa, te cierra el paso y te grita ¡no, ahí no, mejor en el de Pablito, que tiene ambientador! Yo voy allí a cagar todos los días, lo he visto en un anuncio de la tele.
Por supuesto, con las pocas fuerzas que te quedan apartas al pequeño incordio de un empujón, entras en el cuarto de baño y cierras la puerta. Sólo para comprobar, a punto del síncope olfativo, que estás irremediablemente perdido: en la pared, amenazador, está fijado un vaporizador que reza: japans rituals of national geographic. Jadeando, te sientas en el bidé y reparas que el papel higiénico está envuelto en una primorosa funda de croché en tonos bancos y lilas. Y entonces, lloras, piensas qué bonita eran las casas que no olían a nada, te acuerdas con rencor de la tía Antonia, que te besuqueaba con frenesí delante de tus compañeros de colegio y tomas una decisión drástica: abres la ventana y te tiras del quinto piso. Las crónicas, luego, dirán que sufrías de estreñimiento.
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