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Del absentismo de sus señorías, la prehistoria de Tebeto
el diputado Bruto

Desde que se aprobó la Constitución, está prohibido manifestarse frente a Las Cortes, porque hacerlo supondría un intento de coaccionar la voluntad popular. Después de las ‘guerras del agua’, allá por 1985, cuando a los diputados socialistas les zurraban a la salida del Parlamento los aguatenientes, se decidió ampararse en la prohibición cortesana para impedir también las concentraciones frente a la cancela de la antigua sociedad musical Santa Cecilia, sede parlamentaria.

Y hasta hoy, pero hecha la ley, hecha la trampa: los manifestantes pueden situarse en la esquina de la calle Castillo y armar ruido con sus pitos y bocinas, algo que a los comerciantes cercanos les trae de mal café, porque el griterío espanta a la clientela, pero a sus señorías, encerradas en un parlamento a prueba del rumiar de la calle, les da exactamente igual.

Pero ocurre que el Parlamento sigue con obras en su salón de plenos, y eso obliga a celebrar las sesiones en una sala del remozado edificio de la Casa Singer, un espacio coqueto y femeninamente acortinado, aunque estrecho para albergar los egos dilatados y el verbo cantarín de sus señorías, que da precisamente sobre la calle Teobaldo Power esquina con Castillo, justo a pocos metros de dónde siempre se concentran los protestones, y dónde ayer –como sólito- se concentraron de nuevo medio centenar de sindicalistas para recordar públicamente a los parientes más próximos de Soria y Ruano y repetir aquello de las bajas y la playa que Soria dice que nunca dijo. La bronca enorme de los funcionarios enfadados se cuela por las ventanas e impide el normal desarrollo de los plenos, porque el ruido de la bronca de abajo amortigua el ruido de la bronca de arriba.

Así, ayer -que tocaba debatir proposiciones no de Ley- la primera parte de la mañana transcurrió patéticamente relajada, con la mayoría de los diputados en sus despachos o en los bares cercanos, huyendo de la cefalea aguda. El absentismo de sus señorías –que de ese no se habla ahora tanto como del de los funcionarios- obligó a retrasar la declaración institucional del Parlamento sobre la saharaui Aminatou Haidar, que sigue de huelga de hambre en el aeropuerto de Arrecife porque Marruecos no deja que vuelva a El Aaiún. Y también hizo concentrar al final del pleno las votaciones de algunas de las proposiciones no de Ley, sobre todo después de que los socialistas –entre el ruido de fuera y la furia de su propia réplica a la iniciativa de nacionalista y conservadores- se liaran y no supieran qué votar a la petición del adversario para que el Estado se moje más en la formación sobre violencia de género. Resultó curioso ver a Julio Cruz levantando la mano a favor, y a sus colegas de grupo con un despiste de aquí te espero, hasta que Antonio Castro les ayudó a decidirse…

Estuvo Castro ayer de lo más paciente con los despistes del PSOE y la poca educación de todos. Lo de la poca educación es cada día más frecuente en el Parlamento, pero lo del despiste no tanto: tocaba debatir lo de Tebeto y declarar (o no) nulo de pleno derecho el expediente del permiso de investigación de las seis cuadrículas mineras –un asunto más estrellado que estrella- y no había manera de dar con Paquita Luengo, la proponente. Se había ido pensando que iba a discutirse sobre el poco glamoroso asunto del alumbrado de la carretera GC2, y hubo que esperarla un rato. Cuando llegó, la aplaudieron con sorna y mala baba los diputados del Gobierno, y ella se disculpó alegando que no tenía conocimiento de que la Mesa iba a levantar el debate sobre las farolas. Y eso que está en la Mesa…

Total, que tras el despiste, la traquita, la piedra que unos dicen que hay y otros que no en las seis cuadrículas de Tebeto y que levanta pasiones y mueve millones. Doña Paquita, muy levantisca, se dirigió al presidente Rivero, al que calificó de “don Tancredo”, por “no cumplir su compromiso de hacer lo que hiciera falta” para parar las indemnizaciones millonarias, y sentenció que “la historia le juzgará”, como si Rivero fuera una especie de Fidel bajito y afeitado. Rivero la miraba un poco torvo y sin sonrisa, según su costumbre, y sólo hizo amago de fruncir el ceño cuando la diputada explicó que con la proposición que presentaba no se impedían las indemnizaciones actuales, pero sí las próximas, porque “van ustedes a conseguir que a Tebeto le salgan nietos”.

Estuvo doña Paquita en la tribuna apenas un suspiro, y luego vino el debate, aunque yo no me aclaré mucho, por eso de los muchos años de retiro: antes el debate era como que cada uno decía lo que pensaba, y ahora el debate es que cada uno hace lo posible por evitar que los otros digan nada. De lo que oí me quedé con la clase de psicología aplicada de Cabrera Pérez-Camacho, que cree que todos los demás sufren síndrome de algo –de “últimos de la clase”, los socialistas, por ejemplo-, todos menos él, que se cree Cicerón, siendo más bien Bruto.

Es cierto que habla con soltura el diputado Cabrera, y que sería un orador polifónico si no tuviera los instintos asesinos de un picapleitos de provincia y Juzgado de lo Penal. Dijo que doña Paquita anda buscando la absolución a sus pecados como secretaría general técnica de Industria, con Andrés Calvo en el 93, en la prehistoria de Tebeto, antes de que aterrizara Luis Soria, y luego soltó un par de poco gentiles comentarios sobre la formación de doña Paquita “aunque parezca increíble, increíble, increíble, usted estudió Derecho”; o sobre su edad, que –dijo- podría saberse únicamente “estudiando arqueología”. Habló en prosa nada poética esta vez, y después de advertir a los periodistas que pensaba armarla, como efectivamente hizo con gozo indisimulado. Y es que le gusta a este caballero ser siempre la sal del huevo.

Después de eso se lió como siempre: insultos, gritos, pateos y jaleos. Y Antonio Castro, suspirando, les dijo: “esto puede llegar al infinito”. “Hasta el infinito y más allá”, digo yo.