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1.- Estás en tu casa. Son las dos de la tarde. Acabas de llegar del trabajo, te has dejado caer en la mejor butaca del salón, has encendido con el mando a distancia la tele, y una imagen sin previo aviso te ha enganchado aún más poderosamente que los titulares de los periódicos que has leído esta mañana. En colores, a través de las 625 líneas de tu Sony trinitron de 18 pulgadas, has visto a miles y miles de gentes agolpadas a la sombra de la puerta de Brandemburgo, reviviendo la alegría del reencuentro entre este y oeste, después de tantos años de miedo. Pero de todos los cromos de esta sucesión de cromos, uno más que cualquier otro ha cautivado tu retina y ha logrado que todos los poros de tu cuerpo se tensen. Y es que allí, en una esquina solitaria del siniestro telón, un hombre joven, armado de la razón del cándido, de un martillo y de un cincel, partía a golpes secos su voluntario trozo de hormigón de la vergüenza, su pedazo de límite y frontera. Rodeado de miles y al tiempo solo, un hombre mínimo ganaba su cuota de historia. Leer +