La avenida del colesterol 
No sabría decirles en qué momento a la gente le dio por embutirse en un chándal, enchufarse un walkman –una antigualla sustituida ahora por el ipod- y ponerse a correr por los parques de las ciudades como alma que lleva el diablo. Hasta que las correrías empezaron a terminar en infartos agudos y el personal se paró en seco, habida cuenta que hacer ejercicio intenso y tumbarse en el sillón a criar michelines conducían al mismo sitio: el frigorífico del hospital o del tanatorio más cercano.

Los médicos, irreductibles en su empeño de hacernos la vida imposible, pero sana, convinieron en recomendar un ejercicio menos violento y las ciudades, de nuevo, se llenaron de personas dispuestas a caminar, práctica saludable y con menos índice de mortalidad que el footing. Y así, no hay municipio, ya sea capital, pueblo, villa o aldea que no tenga en su trazado urbanístico una Avenida del Colesterol por la que pasean dos tipos de individuos: los que van a hacer ejercicio y los que vamos a hacer el ridículo.
Se llaman Avenidas del Colesterol porque, inicialmente, uno iba a caminar sin desmayo para bajar el colesterol, la grasa, la barriguita cervecera y las transaminasas. Y todavía no se había inventado el danacol, ni el kaiku. Al principio, la avenida fue tomada por personas de edad, con la analítica hecha unos zorros o recién operada del corazón, todas ellas con chándal nuevo y tenis relucientes. Pero luego, el sacrificio se tornó en vicio y se descubrió que era una forma sana y barata de darle a la lengua para poner a caldo de pota a los conocidos y a los políticos y a los futbolistas, y la peña se apuntó masivamente al paseo.
En cuanto la Avenida del Colesterol se puso hasta el culo de gente, la ropa deportiva cayó en desuso. Es decir, la gente iba a ver y a ser vista, así que el chándal y los tenis fueron sustituidos por ropa y calzado cómodo pero fashion y adaptado a las tallas de los deportistas: ceñida, si uno/una está de buen ver; amplia, si uno/una tiene demasiado que enseñar. Se ha producido también un tecnificación del paseo. Ahora no hay un asiduo de la Avenida del Colesterol que se precie que no lleve: cuenta pasos –además del marcapasos, en ocasiones-, ipod, auriculares, tensiómetro/pulsómetro, cronómetro y medidor de la grasa consumida.
Luego hay que verlos. El grupo más numeroso es el que camina por caminar. Porque está de moda. Porque está buen visto. Y punto. Luego están los que yo llamo “vía crucis”, cuyo mayor placer es poner a parir al conocido, así que se paran cada cierto tiempo, se hacen cruces, aspavientos, toman aire y siguen caminando para, poco después, volver a parar y repetir la escena.
Los que van “obligados” son fácilmente reconocibles. Son los que van más despacio, resoplando, con cara de nunca-pensé-que-la-avenida-fuera-tan-larga y un amigo agonía que les acompaña y los estimula con frases del tipo: Antonio, por Dios, camina un poco más deprisa; cinco vueltas más y lo dejamos hasta mañana…
Los que destacan son los deportistas propiamente dichos. Los que están cachas, van más rápido que todos los demás y encima, presumen cuando vuelven y tú todavía no has llegado. Algunos alardean incluso haciendo ejercicios gimnásticos que a ti te provocan agujetas con sólo ponerles la vista encima. Y los que marcan estilo. En Candelaria, por ejemplo, yo he visto a uno caminando deprisa como si llevara una aceituna en el agujero del culo y estuviera a punto de caérsele. La aceituna, claro.
En cualquier caso, la autoridad competente debería regular el tránsito de la Avenida del Colesterol. No puede ser que todos los días los que estamos entraditos en carnes y nos deslizamos sobre la acera con ciertas dificultades seamos humillados por los que presumen de cuerpo danone cero por ciento de materia grasa. O se los llevan a otra parte, o empiezo a ponerles la zancadilla. A ver si luego corren más deprisa que yo con la pierna escayolada…
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