Marcos Brito, alcalde por cuarta vez
Sólo el fanatismo provoca que una persona, de mediana edad superada con creces, en plena posesión de sus facultades mentales, intente acceder a las nueve de la mañana al salón de plenos de Puerto de la Cruz y esperar allí hasta las doce del mediodía en que se inicia la sesión con el debate de la moción de censura contra Lola Padrón. Les explico: el salón de plenos del Ayuntamiento portuense es un zulo encajonado, forrado de madera, con escasa ventilación y nulo aire acondicionado lo que lo convierte en un espacio propicio y adecuado para a) experimentar lo que se siente cuando se entra en una sauna sueca, b) conocer de primera mano el proceso por el cual un grano de millo se transforma en cotufa dentro de un microondas, c) entrenar a mujeres para que sepan lo que les espera cuando los calores menopáusicos se apoderen de ellas y d) dar clases de manejo habilidoso del abanico.


A pesar de ello, el público abarrotó el martes el salón de plenos municipal y soportó el calor y lo que hiciera falta para no perderse el espectáculo. En una bancada del salón se colocaron los seguidores del PSC. En la otra, los de Coalición. Los del PP, si es que los había, se mezclaron con la multitud y pasaron desapercibidos. Y las doce en punto la hinchada se aprestó a jalear, cada uno a los suyos, a los concejales. Aquello, como dijo uno que conozco, parecía la final de las murgas, sólo que ni iban disfrazados, ni cantaban, ni maldita la gracia que tenía el show.
El público se ensañó especialmente con la hasta ese momento alcaldesa, Lola Padrón, pero es que sólo a ella se ocurre, ante un público ardiente que pide sangre, palabrotas, insultos y leña al mono, decir que ha buscado “los mejores pinceles para dibujar un Puerto de la Cruz”…y ahí se acabó la frase entre el griterío del personal presente en la sala.
El presidente de la mesa de edad, el nacionalista, José Manuel Pérez, intentó apaciguar a las fieras. Sin éxito y sin convicción. No hay huevos, hubiera dicho cualquiera de los locos allí presentes. Y no los hubo. Su compañera en la mesa, la concejala más joven, la socialista Beatriz Padilla, quedó petrificada ante el espectáculo que presenciaba. Y supimos que era de carne y hueso y no de cartón piedra por el frenesí con que se abanicaba de vez en cuando.
La Policía Local entró en el pleno como las luces de Navidad se cuelgan del árbol. De adorno. Sólo desalojaron a dos doñas que, me temo, se pusieron especialmente ordinarias para tener una excusa y abandonar la sauna aquella sin ser recriminadas luego por el resto de la claque, que ahí seguía animando el espectáculo.
Qué les voy a decir de los portavoces. La del PSC, María Jesús Ferrer, además de menearle los higadillos a Marcos Brito, al que tachó de loro mentiroso, se dedicó a recordarle a la ciudadanía presente todos los millones que le van a caer a Puerto de la Cruz. Su oponente, la nacionalista Sandra Rodríguez, echó mano de la calculadora y empezó a restar millones hasta dejar casi en una propina lo que los socialistas habían conseguido. Y el portavoz del PP, Luis Miguel Rodríguez, hizo lo que tenía que hacer, hablar de las mociones de censura del PSOE en todo el territorio nacional, hablar bien del Papa y de la consejera de Turismo, Rita Martín. Amén.
El que estuvo de película fue el propio Marcos Brito. Antes de ser proclamado alcalde ejerció de tranquilo y oblongo hobbit, pero fue elegido y en un santiamén se colocó la medalla, juró el cargo, agarró el bastón y se desparramó en el sillón de la alcaldía con una celeridad insólita en un hombre de su complexión física, que tiende a ser un poco más torpe de movimientos… Y una vez allí, Brito mudóse en Gollum, perdió las buenas formas, se dedicó a insultar sin comedimiento a la portavoz socialista y, acto seguido, tras reconocer que “me saca de quicio”, cayó en un letargo contemplativo, soltó un discurso sin entonación, ni convicción, como quien lee una letanía y casi, casi, se queda dormido, si no hubieran estado al quite los fans que le aplaudieron para sacarlo de su ensimismamiento.
Mientras todo eso ocurría, Puerto de la Cruz agoniza. Desde hace quince años, la ciudad padece una mediocridad aguda en sus gobiernos. Y sí, hay un clamor popular, como le gusta decir a los políticos, que grita por si alguien los oye: entre todos la mataron y ella sola se murió.
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