Jose Manuel Soria
De paseo por Madrid me encontré, en una esquina de la Gran Vía, una estampa imborrable: cuatro tipos, entraditos en años –o jareados por la mala vida-, con look rockero de arrabal, acompañados de dos canes que dormían plácidamente, habían puesto un chiringuito en plena acera, donde dormitaban. Delante de ellos, varios cuencos en los que debíamos depositar la limosna. Cada uno de ellos especificaba el destino de los euros que quisiéramos depositar en los recipientes: para porros, para güisqui, para coñac y para vino tinto. ¿Para qué iban a molestarse en engañar al personal? Su aspecto ya revelaba el destino de la pasta y la sinceridad, dicho sea de paso, les proporcionó algún euro extra.


Salvando las distancias y el impoluto terno, el vicepresidente canario, José Manuel Soria, anda como loco buscando dinero para cuadrar los presupuestos del próximo año, en el que pintan moradas tirando a negras, a pesar de que, según el presidente-que-llamó-para-no-enchufar-a-su-sobrina, aquí saldríamos antes de la crisis. Pero ni terminamos de salir, ni termina de entrar dinero, lo cual ha transformado a Soria, que de vicepresidente económico ha pasado a el tío de la rebajas, el recorte y el tijeretazo.
Todos somos conscientes de que en época de vacas flacas toca apretarse el cinturón y hacer ajustes, lo que no toca es hacerse el tonto. Ni este país se cree que la subida de impuestos de ZP la van a pagar los ricos, ni en el Archipiélago confían en que los recortes de Sanidad y Educación no supondrá una menor eficacia –si es que la hay- de los servicios prestados.
El vicepresidente ha anunciado el tijeretazo en Sanidad y Educación, las dos áreas de servicio al ciudadano más importantes, pero no ha concretado cuántos asesores se van a ir a la calle porque ni nos salvan la vida cuando nos ponemos enfermos, ni educan a nuestros hijos para que tengan un futuro más cómodo. No ha dicho, tampoco, si, puestos a apretarse el cinturón, toda la pléyade que acompaña al presidente-que-llamó-para-no-enchufar-a-su-sobrina, al mismo Soria o a los miembros del Gobierno, seguirá haciéndolo en clase preferente o en clase turista. Lo de apretarse el cinturón, digo.
No habla de recortar el gasto telefónico –abusivo y escandaloso- público, ni de las comidas oficiales, ni de la propaganda. No cuenta que los sucesivos Gobiernos han ido metiendo la pata jurídica tan hasta el fondo que desde la expropiación del Parlamento, hasta la moratoria, pasando por Tindaya, Tebeto y no se sabe cuántas cosas más, nos van a llevar a la ruina sin que ningún responsable de tantos y continuos desaguisados haya siquiera presentado su dimisión. Al contrario, nos intenta camelar con propuestas carentes de significado, con alimentos caducados, con planes de empleo que no crean trabajo, extendiendo la mano hacia Madrid y mirando para otro lado.
José Manuel Soria, siempre serio y distante, ha dicho que va a hacer un ajuste presupuestario, cuando en realidad, quiere decir que nos va a ajustar la cuentas. Como dice Irene Lozano, en un tiempo en que la verdad ha perdido la respetabilidad, modificar una palabra apenas puede considerarse un engaño y en todo caso estamos tan desengañados que carece de trascendencia. O eso creen ellos.
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