a babor

Para Carmelo Ramírez, el pacto con el PP ha sido una bendición del cielo para Canarias. Cierto que el hombre reconoce que desde el punto de vista de la estética la cosa deja bastante que desear, aunque no aclara si lo que deja de desear es la estética del pacto en sí (¿Que hace la izquierda ex comunista apoyando al Aznar?), o más bien la estética del día a día.
El coordinador regional de Ican no es el tipo más original del mundo: su proclama sobre las ventajas del posibilismo político no es más que un remedo de aquél «gato blanco, gato negro» que Felipe González le pidió prestado a Confucio. De Confucio a Aristóteles, de Maquiavelo a Lampedusa, de éste a González y de González a Carmelo, alguien se ha trajinado por el camino la ‘Estetica’ de Lukács y se ha quedado tan pancho. Pero eso no les preocupa una higa: para la izquierda carmelita el PP sirve para cazar los ratones que anidan en los Presupuestos del Estado. Lo demás es accesorio. Queda para la posteridad (en la posteridad siempre sobra tiempo para hacerlo todo) una explicación ideológica de la ‘conversión’ de la izquierda canaria. Porque Carmelo no ha renunciado a seguir considerándose la izquierda auténtica y verdadera: Carmelo se refugia en el gusto para recordarnos que el matrimoniaje con los conservadores le produce cierto desagrado estético. Pero para Carmelo la estética es un lujo propio de gente decadente: lo suyo no son las preocupaciones culturales y estilísticas de la vanguardia, sino el suma y sigue de pasta gansa con la que un PP debilitado nos inunda. Dice.
Desde luego, es un argumento. Y no un mal argumento: en esto Carmelo tampoco es original, simplemente se abona al discurso mauriciano en boga. El problema es cuando el argumento, a fuerza de alimentarse a sí mismo, pasa de ‘justificar’ el acuerdo inevitable con el PP a cantar las excelencias del PP. Es un camino absurdo, pero recurrente: primero, Ican no pasa por el pacto con los conservadores ni muerta. Después, acepta sacrificarse por el bien de Canarias. Luego convierte en grandes éxitos su sacrificio. Por último, le lava la cara a los socios: no eran tan malos…
¿Qué resquicio queda para un discurso de izquierdas? Bueno, siempre se puede culpar a alguno de todos los males. Para eso está Nacho González. A su costa, Carmelo mantiene -al menos- un lenguaje que parece de izquierdas. No le acusa de burgés, ni de representar al gran capital, ni de explotar a los obreros. Sólo le llama ‘pijo’. Y es que -estética aparte- siempre habrá derechas e izquierdas.

Colchón:
La proclama de Carmelo sobre las ventajas del posibilismo político no es más que un remedo de aquél «gato blanco, gato negro» que Felipe González le pidió prestado a Confucio