a babor

Son dos que han soplado más de la cuenta en el baile del pueblo. En plan farolero, a ver quien baila con la más fea, se van pasando las solteronas primero, y luego las bigotudas, y después las gordas, pero quedan empatados. Y entonces el menos borracho de los dos le dice al otro; «Si sacas a bailar a la gorda aquella vestida de rojo, por mí has ganado». Y el borracho se acerca a la gorda de colorado y le dice: «Zeñoda… ¿le impodtadía concededme ezta rumbita?». Y la gorda que no. Y él borracho: «¿Y puede zabedze podqué no?». Y la gorda, muy educadamente: «Pues por tres razones: Primero, porque esta usted borracho. Segundo, porque nunca bailo con desconocidos. Y tercero… porque soy el señor obispo».
Algo parecido le ha ocurrido a Nacho González durante el primer trienio de legislatura: le ha tocado bailar siempre con las más feas y además se equivoca de pareja con frecuencia.
Empezó la legislatura con un pacto de Gobierno que dejaba al PP fuera del Gobierno, pero apoyando desde el Parlamento a la gente con la que siempre habían estado en guerra. Fue duro reciclarse en pastor de ovejas nacionalistas, cuando la educación y la vocación era la de lobo devorador. Por eso, en el primer año se le escaparon algunas dentelladas. Sus intervenciones parlamentarias eran más celebradas por el PSOE que por sus socios. Cuando Aznar llegó a Moncloa, Nacho González logró hacerse con la Consejería de la Presidencia. Y vuelta a cambiar discurso, música y baile: se puso a elegir parejas en el Consejo de Gobierno, y al hacerlo enfadó a sus parejas de entonces. Celos en el PSOE, que había aplaudido su radicalismo antinacionalista, y celos -más peligrosos- de Bravo de Laguna, mustio y abandonado en la Presidencia del Parlamento, más aburrido que una ostra y sin que nadie pidiera cita en su agenda. Nacho no podía durar mucho: se lo cargó Bravo, entre otras cosas porque andaba más ocupado pensando en el Gobierno y en como seguir siempre en él, que en hacer caso a su jefe de filas.
Pero Bravo se metió en líos: se le calentó las boca con un diputado majorero, se le calentó su partido en Tenerife, y se le calentó Manolo Soria en Las Palmas. Con tantas calenturas, mejor tirar de Nacho otra vez. Vuelta a la pista, pues. Y vuelta a buscar pareja: Nacho no nació para estarse calladito, y ha optado por recuperar el papel de opositor desde dentro. No para de largar y cada vez que habla la lía. Es el suyo un rol quizá necesario a sólo un año de las elecciones, pero ahora piden su cabeza los nacionalistas. La piden a Génova. Pero si Génova la entrega -como juran los rumores-, será una herejía aún mayor que ver a Ignacio darse de morros con el señor Obispo.

Colchón:
Lo que le ha ocurrido a Nacho González durante el primer trienio de legislatura es que le ha tocado bailar siempre con las más feas y además se equivoca de pareja con frecuencia.