a babor

Acabo de leer en algún periódico que una extraña epidemia de origen desconocido -y que afecta a las ostras perlíferas-, puede acabar con la floreciente industria de las perlas cultivadas. Andan los japoneses -pioneros en la técnica de introducir una bolita de nacar en las ostras- bastante desesperados intentando encontrar algo que evite la catástrofe. Si no se les ocurre nada mejor, desde aquí apunto la posibilidad de que contraten inmediatamente a uno de los mayores expertos en ‘perlas cultivadas’ que hay en Canarias: Ignacio González.
Por si alguien cree que don Ignacio no se merece tal reconocimiento, sería conveniente explicar que nuestro joven político acaba de presentar en sociedad una de las ‘perlas’ más elaboradas y grandiosas que se recuerden: preguntado por la polémica sobre el Plan Integral de Empleo y por la situación del paro en el archipiélago, Nacho González ha declarado que «me dejaría cortar las dos orejas y el rabo si eso contribuyera a acabar con los altos índices de paro» existentes en las islas. Tamaña afirmación ha provocado una oleada de pasmo y terror en las ya de por sí impresionables filas de la política canaria.
Ocurre a veces que la pasión lleva al exceso, y don Ignacio se ha apasionado más de la cuenta con esto del PIEC. El ministro de Trabajo fue bastante explícito al desmarcarse de la crítica al PIEC, por más que don Ignacio no se haya enterado. Lo que -por otro lado- no debe sorprendernos nada. En materia de orejas no anda don Ignacio muy bien: antes de ser fulminantemente cesado por Bravo de Laguna (hace ahora más o menos un viaje de ida y vuelta), fue reiteradamente advertido por propios y extraños de las aviesas intenciones de su jefe. Don Ignacio demostró la escasa utilidad de sus pabellones auditivos no haciendo ni pastelero caso a las reconvenciones y advertencias. Oidos sordos, se llama la figura.
En cuanto al valor intrínseco de su rabo, hay que reconocer que -hasta la fecha- no se tienen noticias fiables sobre el particular. Es de suponer, en cualquier caso, que en materia de apéndices, los de don Ignacio deben serle muy queridos a él. Ni siquiera la solución de un problema tan grave como el desempleo justifica el recurso a la emasculación orejorabil. Además, incluso suponiendo que en aras de la redención laborar de nuestros paisanos desocupados, don Ignacio se empeñara en consumar el martirio… ¿para qué diablos podemos utilizar las disminuidas orejas de don Ignacio? Y a su rabo, cuyo valor sigue improbado… ¿qué uso podríamos darle?

Colchón:
Los apéndices de don Ignacio deben serle muy queridos. Ni siquiera la solución de un problema tan grave como el desempleo justifica el recurso a la emasculación