a babor

Hace muuuuuchos, muchos años, había un país con una única televisión y con un programa estrella los sábados, llamado ‘Reina por un día’. Iba de historias de jovencitas, a cual más llorosa, y de entrevistas con las nínfulas en directo, y al final el público aplaudía a rabiar, y la intensidad y duración de los aplusos eran medidos por un aparato, y a la más aplaudida le ponían una corona y la convertían en reina. Por un día…
Bien. Eso era hace mucho-mucho tiempo. Al enfrentarse uno al escenario de la convención ‘Canarias: III Milenio’, lo último que podía imaginarse era a sí mismo contando los aplausos. Pero es que no hubo mucho más que contar. Una pena: se gastaron siete millones largos para coreografiar el reencuentro de Bravo con su disidencia tinerfeña y para arropar al presidente sin nombrarle candidato. Haberlo hecho supondría una nueva vuelta de tuerca en la manifiesta incompatibilidad entre su actual presidencia partidaria y la del Parlamento, que Bravo sigue negándose a aceptar con cerrilidad digna de mejor empeño.
Total, que en un ambiente más bien tirando a gélido, inició los fastos de la convención el concejal chicharrero Pablo Matos, al que se aplaudió lo cortés. Intervino luego Paco de la Barreda, para explicar que todo está olvidado, pelillos a la mar y jurar lealtad eterna a Bravo. Once segundos de ajustados aplausos al terminar, y luego vino el secretario regional, Arquímedes Jiménez. Algunos periodistas malévolos esperaban que confundiera ‘tercer milenio’ con ‘tercer reich’, pero no se equivocó. Al menos no en eso. Cosecho menos aplausos que De La Barreda.
Tras su plano diserto, llegó Sánchez Simón y acabó por dormirnos a todos. Y estábamos algunos dormidos (y otros durmiendo, ya explicó el nobel Cela la diferencia), cuando le tocó turno a Lorenzo Suárez. El hombre se esforzó en hacer un solvente repaso de la gestión del PP, y le habría salido bien si hubiera logrado despertar a alguien.
Entonces hubo un descanso, con café y bollitos, y luego entró Bravo, a los acordes de la tonadilla-PP, esa que suena ‘tachan, tachaaaán…’. Se despertó todo el mundo, claro. Arropado en decibelios, recibió Bravo 23 segundos de aplausos con el público puesto en pié. Durante el discurso, bien hilado y con un tufillo entre socialdemocratizante y cristiano al hablar de cohesión social, le interrumpieron siete segundos con aplasusos al recordar a los muertos del PP (que son de todos), y cinco segundos más por citar a Galdós. No quedó claro si el respetable le aplaudía a él o a don Benito. La cosa es que al irse, le aplaudieron menos que al llegar, como si hubiera defraudado: apenas 16 segundos, y eso que se confundieron con los aplausos de recepción al vasco Carlos Iturgaiz.
Iturgaiz se trabajó al público en caliente y cosechó las únicas palmas espontáneas de la mañana: 9 segundos por decir que ‘amonal’ y ‘goma 2’ no echarán al PP del País Vasco, 7 por jurar que los vascos quieren llevarse bien con Canarias, 6 por criticar a los nacionalistas, 8 por referirse a «ese proyecto común que es España», 7 otra vez a cuenta de los tiros «queremos que no nos peguen un tiro en la nuca», y otros 26 -muy agradecidos- por concluir. Por cierto que ‘España’ fue la última palabra de su discurso. Y la que repitió más veces.
En vena por Iturgaiz, el verbo plomizo de Acebes no despertó el entusiasmpo esperado. Le aplaudieron lo justo al llegar, más tres ajustados segundos cuando recordó los 800.000 no-empleos del PSOE, y también un poquito al acabar, aunque el poquito se hizo medio minuto porque fueron subiendo todos los que habían hablado a la tribuna y alguno más, y cuando subió Iturgaiz arreció la cosa. «Muy emocionante, muy emocionante», decía una emocionada. Total, que a Bravo le quedó un poco raro: montó el evento para que le aclamaran como candidato por un día, sin serlo, y resulta que la convención va y prefiere como Reina a su invitado vasco.