a babor

La historia, la tradición y las leyendas -las tres fuentes de las que se nutre la memoria arcana de los hombres-, nos dicen que Filipo fue el padre de Alejandro Magno, y que Seti lo fue de Ramsés II; que Sela fue quien puso su simiente para el alumbramiento de Noema, y Lamec quien puso la suya para hacer nacer a Noé; que Fitio fue progenitor de Helen, y que Layo lo fue de Edipo; y que Caín engendró a Enoch. Y Cefiso a Diógenes. Nos dicen también que Demaratio fue hijo de Tarquino, como Telémaco lo fue de Ulises, Vol y Vili de Bor, y Felipe II de Carlos V. Nos dicen, en fin, que el difunto don François Miterrand nació hijo de un funcionario de los Caminos de Hierro de Francia, casualmente apellidado igual que él; y que el padre de Julio Iglesias es un médico que liga mucho, y que de vez en cuando viaja más o menos de incógnito a Canarias y se hace fotos con guapas que salen luego en ‘Semana’.
Pero no hay porqué creerse a pies juntillas lo que nos dicen la historia, la tradición o las leyendas. Y es que afirmar paternidades -lo sabe todo el mundo- es bastante más díficil que negarlas. Pudiera ser que a lo mejor Filipo no fuera realmente el padre del gran Alejandro, o que el mimado de Edipo no tuviera tantos motivos como él creía para odiar africanamente a ese señor que andaba con su mamá. Y que nadie se escandalice: eso le puede ocurrir a cualquiera. Tanto es así que la cofradía castizamente denominada del hijo de puta es una de las que cuentan con mayores acólitos en el universo mundo, con la particularidad añadida de que son muchos los que pertenecen a tal sindicato como socios de mérito y sin conocimiento de causa.
Osea, que el hijo de puta es injustamente despreciado, mientras se alaba a su padre, al que se atribuyen todo tipo de virtudes capitales en el afán del engendro. Es sabido que George Washington se convirtió en padre de la patria americana a base de pernoctar cada noche en morada diferente.
Pero en la cuestión de la relación entre paternidad y filictud, no todo se agota en el sufrimiento privado y escarnio público del hijo que desconoce su ascendencia. Además del drama de un hijo de padre desconocido -incluso del parido por santa madre-, existe también el drama del padre que desconoce la existencia de su descendencia, o de aquél que aún conociéndola, se niega a reconocerla o incluso la repudia.
Ese es, precisamente, el problema de Bravo: que los hijos no reconocidos se le suben a las barbas y se lían unas peloteras de mucho cuidado por asuntos apenas más domésticos que familiares. Le pasó primero con Nacho y ahora le pasa con Soria.

Colchón:
Pudiera ser que el mimado de Edipo no tuviera tantos motivos como él creía para odiar africanamente a ese señor que andaba con su mamá