a babor

Supongo que Fernando Fernández estará a punto de volver de su periplo por Cuba. O a lo peor hasta ha vuelto ya. Se fue el hombre hace una semana, a hacerse el Caribe en plan eurodiputado, y en compañía de unos cuantos colegas. Según confesó el mismo, se fue a La Habana con un explícito encargo de Aznar para ‘sondear’ la situación en la isla. Antes de irse se vió obligado a desmentir la especie (nunca publicada, por cierto) de que su viaje tuviera algo que ver con su posible nombramiento como embajador en la isla, idea que el propio Fernandez tachó de descabellada.
Desabellada y provocadora, habría que añadir: si lo que Aznar quiere es cerrar el contencioso con Cuba, lo de nombrar embajador a Fernández, copnociendo el caracter que se gasta el ex presidente, no parece precisamente una idea muy fina. Ya el mismo hecho de enviar a Fernandez a Cuba, en pleno centenario de la Independencia, tiene algo de provocador. Si hace cien años hubiéramos obsequiado a los isleños con una visita de nuestro prócer, los gringos no habrían tenido que tomarse la molestia de organizar la que organizaron con la voladura del Maine. Con Fernandez en Cuba, los cubanos no habrían necesitado más excusa para proclamar la independencia.
Repensando las cosas, la decisión de Aznar de enviar a Fernando Fernández a Cuba debe ser una respuesta a la actitud intransigente de Fidel Castro: muchos arrumacos con Woitjila, mucho aguantar a pié firme las misas que le echen (la práctica de asistir a los Congresos de Partido Comunista Cubano ayudará lo suyo), y mucha entrevista a la CNN. Pero a Aznar ni un mísero cariño. Y eso que Aznar es pupilo de Fraga.
Porque Aznar necesita que le ‘sondeen’ la falta de afecto e Fidel, tiene que ir Fernández, de paso a enterarse cómo andan las cosas por la isla tras la catarsis papal. Y ya puestos, para contarle a Aznar de primera boca que Fidel sigue como siempre y hasta ha logrado batir su propio record con un discurso ante el regién elegido (perdón, recién nombrado) Parlamento cubano, que duró siete horas y quince minutos, y en el que Castro demostró sus dotes de crítico cinematográfico, poniendo a caer de un burro la última película del fallecido Tomás Gutierrez Alea. Por cierto, que con su crítica de ‘Guantanamera’, Castro ha demostrado nuevamente lo listo que es: para empezar, reconoció no haberla visto.
Fernando Fernández seguro que sí la ha visto. Su informe previo al nombramiento del embajador puede incorporar no sólo los contactos sostenidos con Robayna, Laje y Alarcón, con los obispos y los disidentes. Puede incorporar también una reseña crítica de la película. Si a Aznar no le interesa mucho, siempre puede pasarle el informe a Esperanza Aguirre.

Colchón:
Eniar a Fernandez a Cuba tiene algo de provocador. Si hace cien años hubiéramos obsequiado a los isleños con tal visita no habría hecho falta volar el Maine