a babor

Algunos de mis mejores amigos no entienen que me resulte simpatíco este alcalde tan poco simpático que nos ha tocado en gracia. La verdad es que el hombre es un tanto singular: mirado de lejos se parece a Aznar como un esparrágo a otro espárrago, y mirado de cerca se parece demasiado a ese conocido que todos tenemos y que se gana la vida vendiendo biblias en esperanto. Por eso, entiendo que en esta profesión que es la mía, haya muy pocos que lo miren de otra forma que no sea de reojo.
Sin duda tiene Soria sus ‘tics’ autoritarios. Eso se le puede perdonar: sobrevivir a la alcaldía de Las Palmas requiere una de dos, o el cinismo práctico y elegante de un Rodríguez Doreste (arte propio de personas bien entradas en la decadencia), o la altanera soberbia del que sabe que puede permitirse el lujo de ser chulango. Aún así, hay cosas que no le disculpo: no le disculpo que trate a sus adversarios de la forma agria en que lo hace, ni le disculpo su ausencia de sentido del humor, ni -mucho menos aún- le perdono que todavía no me haya presentado a Pepa Luzardo.
Aparte de esos pecados, los primeros supongo que evitables (la juventud es la única enfermedad que con los años se cura), y el otro espero que enmendable, creo que tiene Manolo Soria una idea de lo que debe ser esta ciudad en el próximo siglo, y eso es sin duda lo que de él más me gusta. Me gusta menos que mantenga en su equipo a gentes capaces de pensar en una ciudad para los pobres (y por tanto en otra para los ricos), y que en la ciudad que piensa se llegue al ciudadano más desde la optica de la planificación y los recursos que desde la ilusión y el impulso. Creo que siente Soria que Las Palmas puede ser ciudad para vivir, y que en ello se aplica con más suerte que los últimos. La fortuna le ha permitido apuntarse éxitos que no son suyos, pero eso es regla de juego: a quien Dios se la dé, San Pedro se la inaugure.
Pienso que le falta al alcalde una visión social, de compromiso con el alma deteriorada y lumpen de la capital y que en su entorno esa visión no es que falte: es que si pudiera aparecer Jorge Rodríguez se encargaría de rematarla. Pero con todo y con Jorge, es Soria un tipo votable. Yo no he de votarle nunca: pesqué la primera úlcera en la Transición, y tengo desde entonces prohibido por el médico de cabecera votar a la derecha. Dice el doctor que hacerlo provoca acidez, pero media Las Palmas no visita a mi galeno. Por eso no entiendo la obsesión de Bravo por sustituir al que puede ser su mejor activo electoral. Quizá tema que Soria saque más votos que él en la ciudad. O a lo peor ha descubierto en Soria a su futuro sustituto.

Colchón:
Mirado de lejos se parece Soria a Aznar como un esparrágo a otro espárrago. Y mirado de cerca se parece demasiado a un vendedor de biblias en esperanto