a babor

Cuando le conocí, hace veinte años, era un crío sin más carrera que la suya propia, fraguada a golpe de lecturas desordenadas y negociaciones sindicales. Era ya entonces lo que después se llamó ‘socialdemócrata’, pero no uno de esos robamelones de la ‘beautiful’ que sepultaron el calificativo en ingenierías de alto riesgo bendecidas por la Comisión Nacional de Valores. Era justo lo contrario: alguien de verdad comprometido con el cambio social y las ideas. Fue el primero en caer aquí en la cuenta de que eso del marxismo sonaba chino. Y le tocó purgar durante años el pecado de decirlo, antes de que sus dudas fueran mutadas en doctrina por Felipe. Esa era su cruz: ganaba enemigos en su partido cada vez que abría el pico para decir algo sensato. Y es que había en él dos cosas que herían a los demás: una era estar enfermo de una insolente juventud, enfermedad que años y alopecia no logran sanarle. La otra era no haber seguido los pasos normales y cotidianos del buen aprendiz: renunció a sus estudios para vigilar el cambio desde dentro y vivir aquella época irrepetible sin más compromisos que los suyos propios. No quiso ser lacayo de nadie en el tiempo de los serviles. Por eso se le negó el pan y la sal. Tras la derrota saavedrina del 87, cuando hubo que encajar a los perdedores, le hicieron saltar para hacer sitio al pelotón de los torpes consagrados. Se quedó en la misma puta calle, sin nadie que le pasara la mano por el lomo. Pero no montó un cirio. Acabó su carrera de abogado y esperó a que volvieran a llamarle. En el 95, con Saavedra ministreando, tiraron de él para la batalla perdida de la Presidencia. Cuando dijo que sí, le obligaron a comprarse tres camisas nuevas de color celeste -dan mejor en la tele- y después volvieron a dejarlo solo. Y solo hizo su campaña, sencilla y brillante: fue como un parentesis de razones de cosaco en medio de los lugares comunes, las promesas incumplibles y las demagogias de siempre. Perdió, claro. Pero que eso iba a ocurrir lo sabía de antes. Le encargaron negociar la derrota y jugó honestamente su partida de póker con el clan de los tramposos. Volvió en cueros a su apartamento alquilado de sesenta metros y al trabajo diario en el grupo socialista.
Pero hay gente que se crece. Más viejo y posiblemente más sabio, con esa síntesis de valor personal y coherencia política que convierte a sus adversarios en propagandistas de su estilo, ha logrado convertirse por selección natural en miembro de la ejecutiva federal del PSOE. Es algo que Ferraz ha ganado: un socialista. Les será util para estos tiempos tan turbios.

Colchón:
Tiraron de él para la batalla perdida de la Presidencia. Cuando dijo que sí, le obligaron a comprarse tres camisas nuevas de color celeste -dan mejor en la tele-.