a babor

Como un nuevo y ambicioso Gulliver, ese joven aventurero de la política que es Ignacio Gonzalez ha emprendido un viaje iniciático a sus orígenes. No visitará el país de Liliput, pero aprovecha este larguííííísimo puente (en Santa Cruz de Tenerife el tres de Mayo es fiesta) para recorrer la tierra de los enanos y metérselos en el bolsillo. En La Palma, pues, desde hace días y hasta el próximo domingo, el secretario general del PP canario intenta introducir un giro copernicano en la negociación con los nacionalistas.
Su estrategia, fruto más de una intuición palmera heredada de familia que de sesudos análisis de coyuntura, consiste en poner a los palmeros de API a trabajar para él y en contra de su jefe natural, Antonio Castro. Don Ignacio quiere -diría yo que necesita- ocupar un departamento de cierto fuste: encerrar su prometedora y reluciente estrella política en Trabajo o en Industria demostraría escasos brillos. Ocupada y bien ocupada la Vicepresidencia del Gobierno, don Ignacio pretende aterrizar en la Consejería de Presidencia, una de las ‘horizontales’, y además el tercer sillón en la jerarquía del gabinete, después de los que amorosan Hermoso y Olarte. Don Ignacio cree que dieciocho escaños pesan lo suyo y que resultaría tirando a ignominioso irse a parar a una ‘María’. O Presidencia o nada. Por ahí van los tiros.
Pero Presidencia es tabú. La ocupa Antonio Castro, un hombre fuerte -con conchas de ex ucedeo- que desde hace años juega a hacerse el blando. Amigo personal de Hermoso y mandamás absoluto del poderoso clan palmero en la administración regional, Castro se ha convertido en el único superviviente a todos los gobiernos desde que su paisano Fernando Fernández aceptara nombrarle consejero de Agricultura en 1987. Casi diez años en el machito son mucha experiencia y mucha tela. Y este tipo con coraza ha dicho ya que Presidencia es palmera y que a los palmeros no les tocan ni un pelo.
Es razonable que lo diga: la Agrupación Palmera, uno de los partidos insularistas que fundaron AIC, lleva años derramando su sangre en el ara sacrifical del proyecto regional. Perdieron a Fernando Fernández (no era de API, pero sí palmero ejerciente), perdieron el Cabildo frente a Felipe Hernández en un inexplicable pacto entre el PSOE y el PP que aún hoy sigue vigente. Perdieron su representante en el Senado. Perdieron votos como churros. Y hasta perdieron El Paso, en una de las primeras traiciones socialistas al pacto de Santa Brígida, una traición que acabaría purgando el PSOE, junto a otras, cuando Antonio Castro inclinó la balanza a favor del PP en el hotel Iberia.
Eso fue en junio pasado. Y en esta primera semana de mayo, Nacho Gulliver ha visitado uno a uno los arrasados feudos de los viejos condes palmeros, prometiendo una nueva era de prosperidad: a éste le ha ofrecido la presidencia del Cabildo. A aquél la alcaldía de El Paso. Al otro cuatro áreas en el ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma y un traje de enano. Vuelve dispuesto a sitiar a Castro con su propio ejercito y devolverlo a Agricultura. Se trae de regreso un montón de conjurados.