a babor

Es en los capítulos veintitrés y veinticuatro del Génesis donde se habla del alcalde de Shihem, una ciudad sobre la que hoy está situado el asentamiento palestino de Nablús. Y fue el alcalde de Shihem, de nombre Hamor, que en hebreo quiere decir burro, el primero conocido de su estirpre. Su único hijo, también apellidado burro, andaba loco por una de las hijas de Jacob, a la que -nos cuenta en la Biblia- anduvo rondando sin mucho éxito, por lo que decidió violarla por las bravas. Lo del ‘ojo por ojo, etcétera’ lo inventaron los judíos, por lo que no es muy de extrañar que la línea masculina de los burro acabara precisamente en este sujeto, cuando los hermanos de la ofendida le ajustaron las cuentas. Desde entonces hasta Roma no se vuelven a tener noticias del gentilicio. Durante la República vivió en la ciudad una familia patricia de larga y continuada presencia en la historia de Roma, los Burro, familia que dió importantes políticos, la mayoría de ellos famosos por su labia en el Senado. Y nunca nadie consideró que llamarse o ser llamado burro fuera motivo de befa o mofa.
De hecho, el burro no ha sido considerado históricamente un animal digno de escarnio. En la misma Biblia, en el ‘Libro de Los Números’, se narra la historia de la burra del brujo Balaam, mucho más sensata que su muy babilonio dueño, que razonó con él la inconveniencia de ser obligada a pasar por dónde no cabía, convenciéndo al brujo con sus muy acertados argumentos.
También Aristóteles, en su ‘Historia Natural’, habla bien de los burros, de los que dice que -por no tener hiel en las entrañas- carecen en absoluto de maldad y sólo son inútiles para las artes bélicas, lo que demuestra que los burros más que especialmente negados son especialmente sensatos.
Dioscórides, botánico griego del siglo II antes de Cristo, también se refiere a las virtudes y cualidades del burro, y en sus ciencias sanatorias usaba de una mezcla de vino y pezuña pulverizada de burro para curar gota y reuna, y de la leche de burra para paliar el efecto tóxico de todo tipo de venenos, de uso muy extendido por aquellos tiempos.
Hasta nuestro Covarrubias, en su ‘Tesoro de La Lengua’, se refiere al burro como animal «de mucho provecho y poco gasto… que no es malicioso y hasta un niño puede llevarlo donde quiera. Se acomoda a cualquier ministerio, que puede desempeñar con gran provecho…». Piropos y más piropos para este simpático animal.
Y explico todo esto porque a lo mejor algún abogaducho ignorante y poco leído podría interpretar que si llamo burro y requeteburro al muy burro de Paco Araña, lo que estoy haciendo es insultándole, y a lo mejor se le ocurre meterme una querella, cuando resulta evidente que lo que hago es ensalzar sus muy evidentes cualidades y entroncar su recio linaje con el de otros caudillos y políticos igualmente muy burros.