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Pedro Galván, frustrado candidato de la dirección regional del PP para encabezar la candidatura al Congreso por Tenerife, anunció ayer con pascas palabras e inmejorable estilo su disposición a continuar apostando por el proyecto político del Partido Popular. Las medidas declaraciones de Galván, fichado por Ignacio Gonzalez y apeado de la candidatura por Mariano Rajoy, demuestran que es un caballero: Galván no sólo no se ha desgañitado a gusto por el sorprendente desmontaje de su candidatura, sino que además ha manifestado -al menos de boca hacia fuera, que otra cosa será la que pase por su cabeza en estos momentos- su apoyo al PP. Galván, un técnico joven y sin compromisos políticos ni partidarios conocidos, podía haber representado la renovación del PP en Tenerife, pero se ha convertido a su pesar en víctima propiciatoria de la primera gran batalla por el poder conservador que se produce en las islas: el oso todavía no ha sido cazado, pero el PP canario anda ya peleandose por el reparto de su ajada piel.
En este contexto de peleas internas, la continuidad como candidatos de los actuales diputados, una decisión que responde al interés de Aznar por demostrar al país que en su partido esperan ‘prietas las filas’, está siendo vendida en Tenerife como una victoria de los adversarios de Ignacio González. Y no hay tal victoria, al menos no de momento: a González le han dejado con el trasero al aire directamente en Madrid, sin que mediara intervención de persona o grupo alguno de Canarias, por mucho que se pretenda vendernos otra moto diferente. Y es que frente a la actual dirección regional del PP, se ha organizando hace ya algunos meses, y especialmente en Tenerife, una suerte de sindicato de damnificados que incorpora a los actuales ‘culiparlantes’ del Congreso -Cabrera y Soriano-, junto al primer teniente de alcalde del Ayuntamiento de Santa Cruz, el polémico Guillermo Guigou, y algunos otros dirigentes desterrados del poder interno y de la candidaturas locales y regionales en las últimas elecciones. Este sorprendente club, que con la decisión de Madrid ha querido alzar su banderín de enganche, está dirigido por el más conspicuo intrigante que ha dado la política canaria: el ex presidente Fernando Fernández, hoy desterrado en Bruselas.
El objetivo de Fernández y su heterogénea tropa, constituidos en grupo de presión con vistas al próximo Congreso del PP, es hacerse con el control del partido en Tenerife primero y después en Canarias. Fernández aspira a desplazar a Bravo de Laguna en la batalla por la Presidencia del Gobierno regional que ha de producirse dentro de tres años, y ha comenzado ya a diseñar una estrategia para aislarle. Esperaba que la decisión de Génova provocaría la airada dimisión en cadena de la dirección tinerfeña y el nombramiento por Madrid de una gestora en la que él sería presidente. Pero no ha ocurrido así: si Fernández quiere controlar el PP en las islas tendrá que bajar a la brega y ganar los próximos Congresos. Y eso no lo tiene fácil.