cabecera_noguerol_ritos.gif
Conocí a un espía. Se llamaba Ramón y fuimos juntos al colegio. Desde niño organizaba grupos de espionaje dentro de la clase, excluyentes y autoinculpatorios. Nos lo pasábamos bien con sus conspiraciones. De vez en cuando, expulsaba a alguno de sus miembros, o se hacía expulsar a sí mismo en medio de una crisis de liderazgo interno o de asechanzas externas de otro grupo que él también lideraba, pero en la clandestinidad. Dejó de jugar a espías cuando teníamos trece años y tomó la decisión de ser militar, lo cual, en aquella época, significaba una separación total entre dos mundos antagónicos del bachillerato superior: los de ciencias, mayoritarios, y los doce que seguimos con los latines y los griegos. Ahí empecé a perderle la pista.


Años después nos encontramos en un lugar insólito, la 2ª bis en argot militar, la sección del estado mayor del ejército que se dedicaba al espionaje. Él era capitán, yo soldado raso tardío. Le pasaba informes a máquina con grandes secretos de Estado: las aficiones de los futuros reclutas, sus afinidades políticas, sus tendencias sexuales y religiosas. Todo era muy confidencial y se suponía que se depositaba en mí una gran confianza. Volvimos a perdernos la pista hasta el otro día, en medio del apagón de la T4: él llevaba linterna, me enfocó a la cara y se autoenfocó la suya. «¿Cómo estás?» «Como siempre, trabajando en lo mío. Estaba buscando algún militante del PP al que pinchar el teléfono cuando el ministro Blanco le dio al interruptor.» «¿Cómo? ¿El propio gobierno te ha boicoteado?» «Yo no trabajo para el gobierno, trabajo para una empresa privada pero mis jefes están en la cárcel por no sé qué cosa en alemán; mientras tanto, sigo pinchando y después entrego las grabaciones en la calle Génova.» Me perdí en la oscuridad sin despedirme: es evidente que estamos enfangados en una gran conspiración.