a babor

Olarte, ya les dije, vuelve a las andadas con un proyecto de policía federal calcado del americano, que rompe el pacto por una policía a la ‘galega’ suscrito con los consevadores canarios. Y hete aquí que el simpar Nacho González, secretario general del PP canario, monta su ruidito indignado y se queja de que el proyecto de Olarte (que es sólo un proyecto personal, dicho sea de paso), va a costar mucho dinero y eso es intolerable y tal. Olarte debe estar temblando, el pobre… pero no de miedo, sino de felicidad: cada vez que Nacho González se pone duro con alguno de los excesos presupuestarios del Gobierno, al final el exceso se convierte en suceso. Va a misa.
Nacho González se ha pasado los últimos tres meses llenando páginas de los periódicos con inflamadas consignas sobre la necesidad de parar en seco la diarrea (en absoluto supuesta) de gasto público que padece la administración regional. En sus años mozos, don Nacho se regaló un master económico en California. Creo que fue en Los Angeles, pero él vino más influido por las rigideces de la Escuela de Chicago que por la orgía filosófica de la UCLA. A fuerza de mirarse en el espejo de Friedman y el liberalismo economico, nuestro Nacho cree que el único dinero bien gastado por el Gobierno es el que se gasta en comprar Pentiums.
Don Nacho pretende librar al Presupuesto del despilfarro y descubre el chocolate del loro. En campaña electoral planteó reducir las Consejerías. Luego, ya apoyando al Gobierno, debió darse cuenta de que si las reducen les tocarán menos, y se traga su argumento sin siquiera endulzar el trance con sacarina. De la manga de los recursos se sacó la reducción de cargos públicos y asesores, condición ‘sine qua non’ para apoyar al Gobierno, según dijo. Cargos públicos y asesores han aumentado, y don Nacho de merienda. Después empezó con el cuento de reducir las empresas públicas, amenazando al Gobierno desde su púlpito sobre el diluvio universal si no lo hacía, y en el pleno del Parlamento que concluyó ayer se la pasó justificando la imposibilidad de reducirlas.
La cuestión es que don Nacho parece un chicle, a fuerza de empezar tan duro y luego quedarse tan blandito. Con tanta elasticidad está haciendo un ridículo espantoso: su discurso pierde credibilidad día a día y sus amenazas al Gobierno dan risa. Y es una pena, porque el PP debería cumplir -ahora que puede hacerlo desde fuera del ejecutivo- una función moderadora del gasto y los excesos del Gobierno. Por ejemplo, creo que sería necesario frenar a Olarte cuando plantea su policía federal, porque no anda la región para experimentos en materia de seguridad. En este asunto, «virgencita, que me quede como estoy». Pero si Nacho González se opone tan radicalmente como dice que se opone, mucho me temo que tendremos marshall en Escaleritas y Mogán en muy poco tiempo.