a babor

Ocurrió en el Juzgado de Primera Instancia de La Laguna, allá por los años setenta, y los protagonistas fueron un campesino agresor, otro agredido, el señor fiscal y su señoría el juez: porque se trataba de un juicio. Un juicio de faltas.
Se había producido un pleito entre los dos campesinos a cuenta de la propiedad de un manzano, situado en la linde del campo de uno de ellos, y el pleito había acabado por degenerar en pelea. Uno de los magos, un pedazo de hombre de dos metros de altura y cientotreinta kilos de peso, le había propinado una paliza de órdago al otro, un tipo escuchimizado y birrioso que más parecía el retrato de un soplo que otra cosa.
El juez, antes de dictar una sentencia más que evidente, con toda la parsimonia del mundo, intentaba hacer pedagogía con el hombretón y le explicaba que había abusado de su fuerza. Como quiera que el gigante no entendía exactamente a qué se refería el juez, éste le puso un ejemplo: «mire usted, es como si el boxeador Urtain desafiara al señor fiscal… ¿Quien cree usted que ganaría ese combate?». El hombretón miró detenidamente, de arriba a abajo, al señor fiscal, que era en aquella ocasión don Temístocles Diaz Llanos, ilustre letrado al que sus grandes conocimientos jurídicos no le cabían ni por asomo en el cuerpo, de pequeño y delicado que era. Luego, el hombretón se dirigió al juez, muy muy serio: «Pues no se que contesta darle, señor Juez. Yo al fiscal es que no le he visto pelear nunca…»
Pues eso.
Que algo parecido -que no se les ha visto pelear nunca, y muy posiblemente no se les verá hacerlo jamás- puede justamente decirse de un buen número de los diputados regionales. Y es triste, porque van pasando los períodos de sesiones y las legislaturas, y las voces y opiniones de la mayoría de sus señorías no aparecen registradas en las colecciones encuadernadas del Diario de Sesiones con las que en el futuro se escribirá la historia de nuestros días. A sus señorías silenciosas, se les identificará únicamente por llevar en la solapa de la americana el escudo del Parlamento, y por exigir a los conocidos el tratamiento de Ilustrísimo que reflejarán sus tarjetas de visita.
Pero es muy posible que se les recuerde a pesar de no haber abierto el pico. Es posible que se les siga definiendo con el poco noble calificativo de ‘culiparlantes’, término acuñado por los cronistas que en 1810 informaban del desarrollo de las Cortes de Cadiz, en referencia más que directa y precisa a la costumbre de muchas señorías de no levantar su orografía del escaño, no vaya a ser que venga alguien y se lo quite.
Salvador Lachica ha hecho aquí al lado el catálogo de los actuales culiparlantes: puede que algunos de ellos se rasguen las vestiduras, pero lo harán sin mucho ruido, casi silenciosamente. Y es que el culiparlante por antonomasia es un tipo de costumbres poco quejicas. Es de los que sólo protestan si no repiten en las listas.