a babor

Poco después de beber la poción, mientras avanzaba hacia la estación marítima para embarcar, apenas las nueve de una mañana invernal acompañada por las últimas nieblas, el doctor sintió nostalgia. Como si de una cinta dibujada se tratara, las escenas de su vida como ciudadano insigne de su pequeña y provinciana comunidad, procer por elección propia, fueron desfilando una a una delante de sus ojos. La visión no duró demasiado tiempo: el doctor era consciente de la inminencia de la metamorfosis…
Un inmenso paño mortuorio cubría el cielo, pero el viento incesante embestía y alejaba los vapores, dejando vislumbrar tras ellos haces de luz dorada y macilenta. El centro de la ciudad que el doctor abandonaba, visto bajo aquellos tonos cambiantes, con sus vías antaño lodosas y ahora perfectamente asfaltadas, sus transeúntes felices desconocedores del drama interior que arrasaba al doctor, sus farolas aún sin apagar… parecía un recuerdo de los años transcurridos desde que el doctor inició sus primeros pasos en la vida pública, y al tiempo la señal de la nueva prosperidad lograda gracias al hacer cívico y patriótico del buen doctor y sus amigos. Acompañado de estas reflexiones, mientras llegaba a la nueva estación, todo mármoles travertinos y cúpulas de metacrilato, el doctor sintió el primer rictus de la transformación, la primera pulsión corporal de la forzosa esquizofrenia que antes de llegar a su destino habría de trasnformarle en un hombre inflexible y cruel. Un ser distinto.
Mostró en la ventanilla su billete de primera clase y obtuvo a una tarjeta de color azul. Embarcó y se instaló comodamente en una amplia butaca de la parte delantera, a la derecha, protegido de miradas impertinentes o recelosas por una cortina. Pidió un JB, excelente complemento para acelerar los efectos de la pócima y procuró olvidar durante unos instantes los tormentos de la transformación, cuyos últimos espasmos arqueaban ya su columna y le desencajaban lo ojos de las órbitas.
Una azafata se le acercó para preguntar: «¿Le ocurre algo, don Francisco?»
«Noooogrr «, gruñó él. Pero mentía: ni su rostro bárbaro ni su mente perversa eran ya los mismos de antes. La pócima había concluido su efecto, y el pacífico Doctor Ucelay, portavoz nacionalista del partido que pactó con el PSOE la reforma económica y fiscal, se había convertido en el implacable Mister Ucelay, jefe de una banda de siniestros empresarios decididos a asesinar y descuartizar el nuevo REF.