a babor

En el más que discreto ágape que ayer ofreció el presidente del Gobierno regional a los medios de comunicación tinerfeños, continuación y epílogo del ya celebrado en Las Palmas, uno de los comensales periodistas explicaba con tino y acierto el plumbeo aburrimiento en que se han convertido las sesiones plenarias del Parlamento de Canarias. «Es que todos los diputados interesantes son ahora progubernamentales o se han ido a Madrid», decía Jose Hilario Chela. Y no insistía mucho en tal cuestión, ocupado como estaba en adelantar la Navidad entre chistes gomeros (y de vascos) y alguna docta disertación sobre si la cebolla debe presentarse picada o entera para acompañar el potaje de berros.
Chela es de la competencia, qué le vamos a hacer, pero tiene más razón que un santo: el Parlamento de hoy es mucho más aburrido que un convento de Hermanas Adoratrices en plena Cuaresma. Nunca pasa nada dentro (la política discurre por los pagos conejeros, las peleas del Gobierno o los pasillos de los ministerios), y si pasa, pasa con un tono cadencioso y aburrido que hace buenas aquellas recordadas intervenciones de la oposición, cuando la oposición era tal y no poder instalado y bien instalado.
Osea, que ahora que a los plumíferos nos resulta cotidiano ver a Pepe Mendoza entrar feliz en su Mercedes oficial, a Oswaldo Brito con tarjetas con el muy monárquico escudo de la Cámara Alta que dicen «Don Oswaldo Brito, Senador por la C. A. de Canarias», a Lorenzo Olarte peleándose en Madrid otra vez con Jerónimo Saavedra, pero desde distinta y mejor pagada tribuna… Ahora, en fin, en que todo es un maldito y soporífero muermo, por huir de este tedio uno se apunta a un bombardeo.
Me apunto incluso a escribir de la hecatombre, el caos y la catástrofe, entendidas como herramientas de reclamo político, y hablar entonces de este Viéitez poscomunista cuya voz siempre descamisada y tronante resuena todavía única y como auténtica entre las paredes de la antigua Sociedad Musical Santa Cecilia, hoy Parlamento regional. Es la suya, reclamando desde el atril de oradores una presunta ‘huelga general de la nación canaria’, una voz antigua y un tanto descolocada, más entrañable que terrible, más territorio de la sicología que de la acción.
Viéitez es el último de Filipinas de la generación de la izquierda, el último de Filipinas de su partido (o lo que sea ahora eso que antes se llamaba ‘el Partido’), el último de Filipinas de su grupo parlamentario, y yo diría que hasta el último de Filipinas del Parlamento mismo: Viéitez reclamando -desde el apoyo al poder- convertir la huelga general contra el decretazo en una huelga nacional canaria, es como él mismo -un millón de años atrás-, reclamando lo mismo que ahora contra la dictadura.
Es Viéitez sin enterarse de que el mundo y él han cambiado: una reliquia cuya única misión parece ser convertirse en un pasajero remedio contra el tedio general que nos asola.