a babor

Cuando escuchó por primera vez a Manuel Hermoso, se pasó el día buscando en la enciclopedia la diferencia entre ‘federal’ y ‘confederal’. No tuvo éxito. Estuvo tentado de llamar a Gumersindo Trujillo, que había sido profesor de su hermano, con la intención de que se lo explicara. Pero al final no se decidió a hacerlo: tenía que examinarse de Derecho Político por aquellas fechas (era finales de agosto), y mejor no descubrir ante un catedrático su propia ignorancia.

Por eso, ayer, cuando escuchó a su líder político -el hombre cuya efigie de cartón y a tamaño natural él conservaba en su habitación- volvió a insistir en la confederación, se sintió perdido. No en vano sabía que al volver a Tenerife el resto de los jóvenes de su Comité local le iban a pedir explicaciones, y el no sabría darlas. Su carrera hacia el liderato juvenil en Los Realejos pendía mismamente del hilo de su falta de conocimientos.

Eso era así a pesar de que alguien había repartido entre los delegados una fotocopia de un folleto de Swissair sobre las características del sistema político suizo. Nuestro amigo se había dedicado a leerlo detenidamente: la noche del viernes, renunció a irse de juerga con los representantes de los jóvenes de IGC, conocedores de la movida canariona, se encerró en su habitación del hotel Iberia y leyó las fotocopias con verdadero interés: cantones, referendums consultivos y determinantes, asambleas cantonales y confederales, alternancia de conservadores y radical-socialistas… todo le pareció un enorme bollo. Un gran suizo, vaya.

Acostumbrado a las formas de hacer política características de estos lares, imaginó a las gentes de Lanzarote o de La Palma reunidos en Asamblea para decidir su apoyo a un proyecto de ley, y se le pusieron los pelos de punta. En la última Asamblea que recordaba, una de delegados previa al Claustro de Derecho, le habían puesto a caldo pota acusándole de insularista y vendido a los dineros de Paco Ucelay. Y lo peor es que no había sabido defenderse. El se movía mejor en los debates partidarios, en las campañas montadas por las agencias de publicidad contratadas por ATI y en el populismo chicharrero que impregnaba todos los movimientos de Hermoso y Adán.

Por eso, en este mismo momento, mientras escuchaba a Hermoso dirigirse a él y al resto de los jóvenes de AIC reunidos en Congreso, explicándoles apasionadamente las ventajas del cantonalismo, no entendía ni papa del cambio de rumbo, y le aterraba pensar en como explicárselo a los que habían delegado en él y le habían pagado el billete en Jet-Foil a Las Palmas.

Hasta esa tarde, claro, cuando un grupo de colegas tinerfeños y él mismo se fugaron al Corte Inglés en visita ritual, y allí mismo, planta baja, al lado de la entrada de Mesa y López, sección librería, encontró la solución a todos sus problemas: un ejemplar de ‘Asterix en Helvecia’.