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Desde hace cuatro años, cuando el PP pasó de tener 17 diputados en el Parlamento a tener seis, experimentando un retroceso veinte veces superior al sufrido por el saavedrismo en el poder, las huestes conservadoras canarias se la han pasado culpándose unas a otras de lo ocurrido y mordiéndose los hígados entre ellos con insana fruición.

Sólo dejaron de machacarse unos a otros cuando Guimerá descubrió que tenía más encanto hacer la pascua a sus socios de Gobierno, y además así llamaba más la atención a las gentes de la prensa. Una pelea entre populares es noticia tan corriente y moliente que cuando Guimerá comenzó a crear problemas a áticos y olartianos, descubrió alelado que los periódicos y las radios le hacían más caso que cuando se defendía de los navajazos de sus compañeros de partido. Por no decir la especial atención de la Tele, entusiasmada ante la posibilidad de ofrecer al PSOE un buen espectáculo de insidias en el Pacto de Gobierno.

Ahora, cuando sólo faltan unos días para que el mundo desaparezca y todo sea campaña electoral, los deshauciados del PP han colocado a Fernando Fernández en su punto de mira, tras convertir al candidato a presidente en principal responsable de la situación de desamor electoral que -de ser ciertos los sondeos- atraviesa nuevamente el partido. Los críticos del PP anuncian su intención de esperar hasta el 26 de mayo antes de abrir fuego contra Fernando Fernández y sus principales soportes en el PP: Manuel Fernández e Ignacio González. La veda hasta esa fecha la establecen «para no perjudicar al Partido», según dicen, pero ya han cargado de pólvora las carabinas.

Ocurre con estas gentes del PP lo mismo que le ocurrió al Moro Boabdil, que lloran como macarenas lo que no supieron defender cuando era el momento de hacerlo. Sus amenazas suenan más pueriles e inconsistentes que el puré de manzanas. Y además, son injustas.

Fernando Fernández no va a ser el responsable de este nuevo fracaso electoral del Partido Popular en Canarias, si es que tal fracaso llega a producirse, que parece que sí, aunque los electores todavía no han dicho la última palabra. Fernández no es de ninguna manera la causa principal de la enfermedad que corroe al PP. Es sólo un síntoma más de esa enfermedad, que un eminente médico como él podría perfectamente diagnosticar como debilidad producida por un permanente abuso de la masturbación. Y es que el PP se ha convertido en un partido de onanistas. No paran de autosatisfacerse a base de golpes bajos.

Ni el ‘sorprendente’ arribo de Fernández al PP, ni su meteórica ascensión al trampolín de la candidatura, son motivos suficientes para hacer que la gente más o menos derechosa deje de votar conservador. Son sólo la demostración palpable de que el PP es de risa: un partido poco fiable. Tienen que estar muy mal las cosas para que un recién llegado como el ex suarista se haga con el control de la situación en un par de semanas. Fernández no es el problema del PP.

El problema del PP es el PP mismo.