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fotografía: www.enfocado.com

París, últimos días de diciembre de 1988: los pájaros. Surgidos del recuerdo en la ciudad de los recuerdos, he querido encontrarlos en el aire frío y luminoso de este París revisitado. Pero no están. La enfermedad de la memoria ha matado todos los pájaros de la vieja Lutecia, o quizá nunca los mató y es la memoria misma la que languidece entre los espejos de la acogida.
No sé si estos pájaros que no veo han podido huir hacia el Sena y del río al mar en busca de climas menos inhóspitos, ni sé si es bueno hablar de los gorriones como pájaros de paso, ni creo que entre los hierros retorcidos de la gran torre aniden golondrinas, ni pienso que este profundo dolor de cabeza que ya dura días se deba a las gaviotas de isla adentro, ni veo que sean pingüinos aquellos camareros de la sala de las luces.
O pintas o torcazas las viejas turistas sajonas que andan a traspiés por la borda de aquel bote, con la risa a flor de piel y el hambre de romances de un día estampado en los rostros. O un búho somnoliento y disgustado el conserje blanco que no nos atiende en la recepción del Hotel Burgundi. O agrios buitres carroñeros los regentes del Gran Museo Nacional, antes casa del Rey. O torpes gallitos sin rival los ajetreados mandarines de la ‘cite’ comercial y el Petit Manhattan, luciendo sus plumas y sus crestas en restaurantes de cinco tenedores y comercios de lujo. Ni pequeñas avutardas las jóvenes y tristes putitas del gran metro subterráneo estación Châtelet. Ni pobres palomos los cansados espíritus que recalan en la plaza adoquinada del Centro Pompidou, recogiendo en el buche los átomos desperdigados de la ciudad y buscando en la memoria el camino de regreso a casa. Ni pinzones o jilgueros los poetas callejeros con sus versos corridos, pájaros bufones los artistas de una noche con el caballete a cuestas, carpinteros los obreros con su ‘pain’ bajo el brazo y la mirada cansada volviendo al barrio, águilas los augustos senadores de la República, tángaras y loras las madames o herrerillos estos infantes perfectos que parecen anuncios de moda infantil en la ciudad del glamour.
No he visto nidos de cigüeña, sólo un pobre dormitorio en la casa olvidada de Victor Hugo. No he sentido el vuelo raso de los flamencos, apenas el ruido de ascensores que no nos llevan a ninguna parte. No he pensado en la caza con halcón, más bien en el silencio inundado de las capillas palaciegas. No he sabido distinguir las señales del cuco, quizá apenas el recital colorido de las calles y sus gentes.
Y aún así, incapaz de distinguir un sólo pájaro entre el tráfico y el sueño, sé y creo y siento y veo que ésta es la ciudad de las aves migratorias.