a babor

Si usted tiene un hijo que quiere ser periodista, desanímelo. No se trata este de un consejo de la Dirección General de Universidades, que pudiera serlo, sino del consejo sin costes a su cargo de alguien que si es experto en algo es en saber que ser periodista no es una bicoca.

Si su hijo es muy testarudo e insiste en hacerse reportero, proceda de la siguiente manera: primero prohíbale tajantemente las lectura de las aventuras de Tintín y Milú, origen de muchas vocaciones periodísticas frustrantes. De esas lecturas su hijo podría hacerse la erronea idea de que ser periodista consiste en viajar y recorrer mundo, y tener amigos que se emborrachan, mientras uno se dedica a una vida de molicie en compañía de un pedante fox terrier. Coja su colección completa de albunes de Tintín y tírelos a la basura. Si esto no surte efecto, inténtelo así: mantenga con su hijo una conversación honesta y serena, explicándole que hay profesiones honorables y profesiones poco honorables. Ser médico -sobre todo odontólogo- es muy honorable. Ser abogado también. O espeleólogo, o fontanero, o buscador de tesoros en las Antillas (además esto último es muy divertido). Ser periodista no es nada honorable. Comparte uno la mayoría de su tiempo con colegas neuróticos y esquizoides que o se creen Napoleón, o no se creen nada (ambas cosas resultan muy tristes). Si resulta que su hijo es un crápula al que le importa un bledo la opinión que de él tengan los demás en el futuro, atáquele por la reflexión sobre los cuartos: los únicos periodistas ricos son los que dejan la profesión y se dedican a asesorar compañías petrolíferas o políticos con problemas de imagen. Para eso, que se haga relaciones públicas: se estudia en la misma facultad.

Si ni con esas desanima a su retoño, hay un procedimiento drástico: invítele a darse un salto a una redacción cualquiera, la nuestra, por ejemplo. El chico descubrirá un mundo desconocido. Dónde esperaba encontrarse con semidioses más o menos olímpicos resolviendo a golpe de tecla los problemas del mundo, tropezará con una caterva de indocumentados, peritos en nada y opinantes en todo, naufragando sin remedio entre montañas de papeles. Si mañana mismo trae a su hijo por aquí, podrá ver a alguna de nuestras más afamadas plumas llorando histéricas bajo el peso insostenible de cientos de carpetas y legajos: el informe de la ponencia fiscal sobre el REF; la segunda copia -oficializada- de las bases económicas de la Secretaría de Estado; el documento del Grupo Interservicios sobre el nuevo modelo de adhesión; la propuesta del Ministerio de Obras Públicas sobre la retrocesión de las carreteras; y hasta puede que algún despistado esté sufriendo interpretando el último discurso de Victoriano Rios… Explíquele que para ser periodista hay que leerse todo eso.

Si su hijo no se riende, es que su hijo es idiota. Pero un joven idiota merece una segunda oportunidad. Tratamiento de choque no exento de cierto riesgo: gastese los cuartos, llevelo a Madrid, al Pirulí y presentele a Antón Martín Benitez.