a babor

Por quince votos a favor frente a trece para su adversario y un voto en blanco, el risueño senador Macías, en ausencia del dimitido Guimerá, se ha convertido en el presidente de las huestes conservadoras. Se demuestra así que en el mundo hay gente para todo y hasta para pelearse por estar unas semanas liderando -es un decir- ese avispero que en Canarias es hoy el rebaño de Fraga. La elección de Macías no resulta una sorpresa: el senador era el candidato de Madrid, y es además el hombre adecuado para que se arreglen las deterioradas relaciones entre el Gobierno y el PP, que es justo lo que quieren Cascos y Aznar. Hay gentes -seguramente envidiosas de la sorprendente popularidad de Macías-que dicen que al senador le falta un hervor. Y quienes eso dicen, lo dicen quizá porque Macías no responde a lo que se espera en estos pagos de un hombre público. No en vano, el nuevo dirigente del PP canario se ha especializado en una forma singular de hacer política a base de estar en casi todos los sitios -los entierros y velatorios son su especialidad más conocida- y de ocuparse de gestionar la solución de problemas de toda índole a sus electores presuntos o probados, desde llevar paquetes de la familia a los mozos que hacen el servicio en Madrid, hasta hacer preguntas ‘a la carta’ en el Senado: usted, por ejemplo, necesita que el Ayuntamiento le asfalte de una vez su calle, y entonces habla con Macías, y Macías pregunta a Cosculluela que no tiene nada que ver con el asunto, y que lo más seguro es que no lo arregle, pero Macías se ha preocupado por usted, y eso le llega al corazón a cualquiera.

Macías es un artista: trata a los votos como si fueran bonzais. Los cultiva con mimo y primor de uno en uno, y recompensa directamente a sus votantes-bonsai con el abono de rifas y concursos. Si yo fuera Baeza estaría ya temblando.