a babor

Está en Génesis, 2: «Plantó luego Yavé Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí puso al hombre a quien formara. Hizo Yavé Dios brotar de la tierra toda clase de arboles hermosos a la vista y sabrosos al paladar, y en medio del jardín el arbol de la vida y el arbol de la ciencia del bien y del mal. Tomó luego Yavé Dios a Adán y lo puso en el jardín de Edén para que lo cultivase y guardarse y le dió este mandato: ‘de todos los arboles del jardín del Edén puedes comer, pero del arbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres, ciertamente morirás’.»

El resto es historia resabida: Adán se aburría como una ostra, y a Yavé Dios se le ocurrió la brillante idea de buscarle una parienta que le hiciera compañía, y que no solo acabó por hacerle la pascua al bueno de Adán obligándole a comerse una insulsa fruta de régimen, sino que además nos hizo la faena a todos los hijos de Adán, llenando la tierra de hijas de Eva decididas a hacernos comer ensaladas de manzana y otras porquerías similares, con el cuento de que no engordan. Así purgan los hombres el pecado original.

Pero la metáfora no va esta vez de señoras, sino de fruta prohibida y de como comersela sin sufrir indigestión. Y es ésta: resulta que Adán Martín, ático descendiente del protopadre de todos nosotros, estaba el hombre muy comodo con los pinrreles embutidos en sus insularistas zapatos. Con ellos dió buenos puntapiés en el regional trasero saavedrino. Pero ocurrió que ATI, el partido que se inventarón entre él, su amigo Hermoso y un par de alcaldes de pueblo, se puso a crecer desde el salón de sesiones del municipio chicharrero hasta convertirse en la segunda fuerza política más votada de Canarias. Adán y Hermoso se encontraron con sucursales o delegaciones de su paraiso en cinco de las seis islas que rodean Tenerife. Toda una expansión. Pero no era bastante. Pronto desearon probar la fruta prohibida de la isla de enfrente. Pero cada vez que lo intentaban, metían la suela y el corvejón. Probaron con AIGRANC, con los alcaldes, con Paredes haciendo campaña él solo… y nada de nada de nada. Entonces Adán descubrió que los zapatos insularistas se habían quedado pequeños.

¿Habían encogido? ¿Quizá crecieron sus pies?

Adán se inventó un nacionalismo de isla adentro y cambió su viejo calzado por otro nuevo. Aún así, poco podía hacer, porque a los de enfrente, aquellos pieces tan bien cubiertos les seguían oliendo igual de mal. Adán y los suyos se armaron de paciencia para esperar que algún día la fruta grancanaria les fuera accesible. Y en las espera se les ocurrió una caritativa idea: ¿Que mejor que darle los zapatos viejos a algún pobre?

Y mira tú que en eso pasaba el huerfanito Olarte por allí.