a babor

Podría ser Milans paseando por primera vez desde hace nueve años por los jardines de su mansión en La Moraleja, lejos de Valencia y de los tanques. O podrían ser Shervardnadze o Yakovlev, presentando su dimisión irrevocable del Politburó, antes de que la marea leninista los arrastre. O podría ser José María García, felicitándose por el pronunciamiento del Supremo, y aprovechando de paso para poner a parir a unos cuantos. O podría ser cualquiera de los tres detenidos de Jinamar. O Lorenzo Olarte almorzando con los transmediterraneos en el Oliver, olvidado de las cosas re-al-men-te importantes de esta vida, entre el pescadito de rigor y los caldos de cosecha. O igualmente Guimerá, volando desde Madrid con destino a Tenerife-Sur, y felicitándose por su éxito con Josemari Aznar. O Manuel de la Cueva, relegado al pobre papel de negador de la cenita de los líderes que ayer abortaron las secretarias de Presidencia cuando el pequeño Padrón dijo que nones. O pudiera ser Amid Achí, propietario de los Número 1 y de la Gaceta de Canarias, enfrascado en el comedor del Hotel Mencey en una conversación de ajuste de cuentas y buena voluntad a cuchilladas con Ambrosio Jimenez, dueño de Cointe, enemigo de toda la vida, accionista con él en MICSA: intentando los dos firmar una pasajera tregua en presencia de un relaciones públicas que cobra de aquí y de allá. O pudiera incluso ser Victoriano Rios, dando los últimos toques al pleno más largo, preparando la caida una a una de las tres leyes más polémicas de esta legislatura, dos rebotadas de la pasada -Aguas y Cabildos- y una que logró abrir la Caja (la de los truenos) y aún no la ha cerrado. O, ya puestos, podría ser hasta Tano Navarro, citando a las gentes antes de las siete y pendiente del reloj y de que empiece la semifinal entre Inglaterra y los tedescos.

Podría haber sido cualquiera de ellos, el hombre del día.

Pero no, el hombre era él, y estaba contestando a las preguntas de los periodistas, un poco más viejo, igualmente deseado, virtualmente sitiado por sus admiradoras que taponaban ayer las entradas de Radio Club Tenerife y se tiraban de los pelos y gritaban como descosidas. Pendientes de poder rozar con los labios la huella del zapato del pie izquierdo del sufrido amante de Cristal.