a babor

Puedes pensar que se trata sólo de uno de esos montajes especiales que de vez en cuando se organizan para que salgan todos en la foto, y que nunca tienen más sentido que el de falsear la historia en papel fotográfico de 120 gramos, pero lo cierto es que el retrato era esta vez casi exactamente el que debía ser, y tambien casi en el orden debido: de izquierda a derecha, primero José Miguel González, consejero de la Hacienda canaria y verdadero hombre fuerte de la negociación con Madrid, el tipo que ha llevado desde el principio la voz cantante de toda la historia, el que parido una a una las ideas afinadas -la última de ellas la de la salvaguarda ante posibles cambios desmesurados en los tipos-, y el que supo llevarse al agua el gato de un acuerdo que ha arrastrado a los siete presidentes de los Cabildos insulares y a unos empresarios que parecían poco dispuestos a dar su brazo a torcer.

Al lado del consejero todoterreno, el segundo de los protagonistas, José Borrell, parecía casi disminuido. Habló poco, a veces porque el verbo expandido de Gónzalez se adelantaba a su discurso, y otras porque no estaba en su intención dar más pistas sobre el futuro que las estrictamente necesarias. Parecía ayer este Borrell sedente mucho menos temible que el que se aparece por las noches en las pesadillas de los declarantes del IRPF: un poco más seco que en su visita de hace unos meses, y un poco más cansado, posiblemente, tras un viaje maratoniano a Canarias, en el que ha hecho de todo, desde escalar el Teide en Teleférico, hasta reunirse en secreto primero con el Gobierno, para cerrar la negociación punto por punto antes de enfrentarse a los Cabildos, y luego con los socialistas, para dar/recibir algunas instrucciones.

Y al lado de Borrell, Vicente Alvarez Pedreira, oficial presidente de la Comisión de Política financiera, y sólo por ello presente en una foto en la que vaya usted a saber por qué, no quiso estar Olarte, y en la que a alguien del CDS debió parecerle improcedente que estuviera Luis Hernández, que esperó fuera mientras los cuatro mosqueteros despachaban con la canalla el feliz acuerdo sobre la fiscalidad del REF. Una consigna silenciosa obliga a que González y Hernández no coincidan demasiado en las comparecencias ante la prensa.

Y por último, el más a la derecha, permanentemente callado, mudo testigo ayer y protagonista en absoluto mudo en las negociaciones del último año, el ático Adán Martín, padre de una rebelión fiscal -la guerra del descreste- que tanto ayudó a Olarte en su despegue como presidente. Con el texto del acuerdo que él revisó antes que nadie.