a babor

De pupila predilecta de Enrique Fernández Caldas a rectora magnífica, está siendo la de esta Marisa Tejedor, doctora en Edafología, una carrera sorprendente detrás de la huella dejada por el que fuera en tiempos arcanos su principal mentor.

De Marisa, dulce mujer de hierro, puede decirse desde una moderada admiración convicta y confesa que es una de las mentes más organizadas y lúcidas de la ‘intelligentsia’ chicharrera: singular cumplido éste, viniendo de quien viene, que soy yo, y que en realidad significa bien poco. Pero también puede decirse de esta ciudadana -y se trataría seguro de un singular insulto- que son las suyas unas malas pulgas de cuidado, como muy bien saben la mayoría de los arriesgados que se han cruzado alguna vez en su camino. El escribidor hace tiempo que no tiene ni esa suerte ni esa desgracia, porque la doña en cuestión se ha vuelto inaccesible, debido quizá a las premuras y desasosiegos de esta pasada inmediata campaña que la ha llevado por los pelos desde una votación átipica (premio por tres quintos) a la excelentísima magnificencia…

No será por tanto el que suscribe quien narre aquí la sucesión de anécdotas sobre Marisa conocidas por terceros, por mucho que algunas de esas anécdotas pudieran servir para definir desde lejos todo un carácter.

Porque ese carácter, el de una de las mujeres más inescrutables del Tenerife público, está por encima de las historias tremebundas, y es inteligencia y criterio, independencia personal, capacidad de autocrítica, valor demostrado en lo cotidiano, y aptitudes para la negociación y el regate en corto, con el añadido de una epidermis especialmente sensible a la pedagogía de grupos -aunque sea a bastonazos-, que unos definen como propia de un higo pico acorazado y otros como purito terciopelo empapado en melaza caliente.

Lo cierto es que con un resultado excepcionalmente abultado para los tiempos que corren, Marisa se enfrenta al reto más singular al que hasta la fecha hayan tenido que encararse los doctos varones que la precedieron: el rectorado de la Universidad del expolio, tras vivir durante los últimos tres años de las rentas sociales de la gran pelea, tras denunciar por tongo su derrota a los puntos y después de encomendarse por decisión propia a un arbitraje ajeno al del cuadrilatero, debe reconstruir de nuevo sobre la derrota en la lona un programa docente y una doctrina de actuación que supere de una vez por todas el miércoles negro lagunero y su síndrome de Fonseca, Triste y sola, triste y llorosa, aportando algo más que nostalgias de un tiempo que se fue y montañas de dignas y huecas palabras.