Dimas Mart n y (en segundio plano) Mat as Curbelo

Dimas Martín y Matías Curbelo comparten espacio en el módulo de enfermería de la nueva prisión de Tahíche, inaugurada por su hijo hace unos meses. Es un lugar más hospitalario y bastante menos siniestro que las celdas de la prisión. A Dimas y Matías –ambos superan los sesenta- se les ha aplicado el protocolo que se usa con las personas mayores. Pero hay algo más que eso…

En los últimos meses, Dimas había podido moverse por Lanzarote, dar sus ruedas de prensa, participar en reuniones políticas y técnicas y viajar –hace un par de semanas estuvo en Las Palmas reunido con directivos de Endesa, como asesor de la directora de Inalsa- y se había ocupado de sus asuntos con absoluta libertad desde Tahíche. La imagen de Dimas hablando horas y horas por su teléfono móvil llegó a hacerse muy familiar a los funcionarios de la prisión… tanto que ahora se cuenta que esos ‘privilegios’ de Dimas escondían la intención de controlar mejor sus conversaciones, y con ellas construir la crónica pormenorizada de sus afanes y apaños durante el último año.
Internado por las noches en la enfermería de la prisión, en una celda que parecía su despacho, Dimas pasaba revista telefónica con sus colegas de partido, socios y amigos, a todas las gestiones y contactos del día, con el desparpajo confiado de quienes se sienten fuera de todo peligro. El porqué un hombre condenado por cuatro causas diferentes, llevado a prisión, indultado por el Gobierno de José María Aznar, y encarcelado otras dos veces más, no ha asumido aún que su tiempo político se ha agotado, es un misterio. Dimas creyó que podía dirigir su partido y los negocios de su familia por teléfono. Lo hizo por un teléfono pinchado del que salió toda la información que la UCO ha manejado antes de las detenciones. Cuando la Guardia Civil le interrogó, un Dimas vencido y agotado cantó La Traviata. Dió uno a uno, casi con rabia, todos los nombres, su dedo señaló acusadoramente a quienes ayer fueron sus interlocutores en la pomada y contó las trapisondas reales o fingidas de sus colegas de pacto, lo de los Centros, lo que ocurre en otros partidos y en otros municipios, la gente que forma el ‘entourage’ de la golfería desde siempre, los que se han sumado a esa tropa recientemente, y hasta los que él personalmente sedujo con la promesa de los gigantescos beneficios del Plan General. Parecía querer extender la mancha, hacerla visible, contaminar a cuantos más, mejor. Sólo protegió a sus hijos y al amigo Matías.
Sin embargo, su locuacidad ante la Guardia Civil se convirtió en total mutismo ante el juez: consciente de que lo peor que el juez podía hacer era enviarle de regreso a prisión, Dimas se negó a contestar a la práctica totalidad de las más de sesenta preguntas que le fueron formuladas. Ni una palabra nueva en sede judicial. Y lo mismo hizo, por cierto, su amigo Matías Curbelo.
Estos dos siempre han estado de acuerdo.