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Su señor a Miguel Cabrera Pérez-Camacho
                                                        Ilustración de Eduardo González

Miguel Cabrea Pérez-Camacho

Miguel Cabrera Pérez-Camacho es lo que técnicamente conocemos como un animal político, en el sentido literal de ambos términos. Saltó a la fama cuando aún militaba en la extinta ATI y promovió la llamada Ley de los Animales en Canarias, corría el año 1990, por medio de la cual consiguió erradicar las corridas de toros –si bien en las Islas no se lidiaba un toro desde que un meteorito acabó con los dinosaurios- y las peleas de perros. No tuvo tanta suerte con las peleas de gallos –se argumentó que era una tradición autóctona- y así está hoy el panorama parlamentario, un corral en el que abundan los picotazos y los gallos de pelea, incluido el propio Pérez-Camacho. Lo cual, en cierto modo, ha venido a darles la razón a quienes aseguraban que era algo típico de las Islas, pero provocó en el diputado promotor de la iniciativa un cabreo de muy padre y señor mío que ya apuntaba maneras como portavoz adjunto de los entonces insularistas. Apunten dos datos. El primero: Miguel Cabrera salió por patas de un partido que, según él, quería descafeinar su propuesta legislativa. El segundo: debido a la calentura, abandonó el salón de plenos justo antes de la votación y la ley no prosperó –en ese momento- por un solo voto. El suyo. La anécdota: Pérez-Camacho se pasó todo el pleno con una foto de su perro en el escaño. Le había añadido, en un ‘posit’ amarillo la frase ¡guau, guau! y la traducción a lenguaje humano: ‘gracias Miguel’. Sin comentarios.

En esta legislatura ha reaparecido en el Parlamento de Canarias. Y en las filas del Partido Popular. Y sin suavizar un ápice sus formas o sus maneras. En una de sus primeras intervenciones desde la Tribuna proclamó que si estuviera en su mano daría el cerrojazo a la Televisión Canaria, lo que provocó una pequeña apoplejía al presidente Paulino Rivero y consiguió alborotar el tupé engominado de su jefe de filas, José Manuel Soria. Cabrera Pérez-Camacho evidenciaba de esta manera que seguía estando en forma como gallo díscolo del gallinero.

Ser inspector de los Servicios del Ministerio de Economía y Hacienda e inspector de Hacienda del Estado por oposición ya le hace odioso por sí mismo. Y el hecho de que carezca de un asesor que le ‘customize’ su tendencia a vestirse como ‘Los Soprano’ agrava su aureola de hombre de malas pulgas y malos modos que ha tenido su traca final (por ahora) en el episodio de los ‘versos satánicos’ que le dedicó a Francisca Luengo. Los ripios del diputado popular desataron la cólera de los socialistas, que lo tacharon de machista y maltratador, en un exceso fundamentalista propio del gallinero en que se ha convertido la política canaria. En todo caso, Pérez-Camacho maltrató el noble arte de la rima y zahirió en exceso los tímpanos de los que le escucharon el exabrupto y como castigo, el PSC decretó una ‘yihad’ contra su persona. Es verdad que el diputado popular pidió perdón, pero no es menos cierto que ante el primer desplante de los diputados de la oposición les lanzó desde la tribuna epítetos tales como ‘cínicos, hipócritas y talibanes’. Por algo Miguel Cabrera es un gallo de pelea.

En justa correspondencia, José Manuel Soria lo ha nombrado portavoz del Grupo Popular en la Cámara autonómica. Esto no ha hecho más que empezar…